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jueves, 4 de noviembre de 2010

Palabras mágicas en el desierto (E.V.Pita, 2006)

Microrrelato
PALABRAS MÁGICAS EN EL DESIERTO

Autor: E.V.Pita

El texto del relato original y actualizado está en el link:
http://evpitabooks.blogspot.com/2010/11/palabras-m.html

-Stazione Centrale di Milano. Attenzione, Il treno arrivara nil binario due.

En verdad que, cuando me siento solo, recreo en mi mente la megafonía de la estación de Milán. Es como la señal para volver a casa. El binario due es como esa habitación acomodada a tu gusto que sirve, según los psicólogos, para aislarte del mundo, para tranquilizarte o relajarte. Viene a ser algo así como un refugio mental, un colchón.

En Italia siempre te sentías bien, como en tu hogar. Después de pasar penurias en culturas extrañas, Italia era como la antesala de mi hogar. Cando quería hacer un chiste imitaba aquel altavoz y repetía la gracia para mí mismo. Il binario due...Es la misteriosa medicina mágica de las palabras. ¡Qué recuerdos! Ella y yo mirábamos de pie por la ventana del vagón mientras cruzábamos a gran velocidad el túnel de Génova. Nos sonreímos mientras ajustábamos las mochilas a los hombres. Milán... volvíamos a casa. Allí estaba la Stazione Centrale y el Binario Due, la plataforma 2. Y allí, en el andén, fue donde esperé de pie, camino de Roma.
Un salto en el tiempo y en la distancia me lleva a otro recuerdo agradable. Suenan en mi cabeza otras mágicas palabras.
-Ou la gare du train, s.v.p.?"-pregunté desesperado por la estación.

Lo hice en un francés macarrónico a unos muchachos que cargaban con la bici sobre su espalda. Yo recorría angustiado las laberínticas calles de Fez, dentro de las murallas de la Ciudad Imperial. Las agujas del reloj corrían y cada vez me entraba más prisa. Había salido de la haima cuando estaba oscureciendo, sólo iluminado por la luna llena. Me marché a pie con la mochila a cuestas y muerto de miedo, no fuera a ser que unos atracadores me diesen un palo. Me bañé en sudor al perderme en un cruce de tráfico que non iba a ningún lado. Y el plano estaba al revés o yo lo veía ya todo enrevesado. A gare du train, una frase que retornó a mí y que recordó la primera vez que me apeé en la Gare d'Austerlizt, la dinámica estación parisina del Sur. Era la misma sensación que Victoria Station. Miles de viajeros de corbata y maletín se metían a toda prisa en un hormiguero llamado Tube. Un espectáculo sólo comparable a la primera imagen del Metro de Madrid, con cientos de usuarios subiendo al unísono las escaleras de la plataforma de la línea azul, la 2, de Puerta de Sol.

-Tout droit! Tout droit!.

Todo recto, hasta llegar a la Nouvelle Ville. Tout droit era otra de esas frases mágicas que oyes por el mundo y que quedan grabadas para siempre. Tenía un sonido que evocaba la eficiencia, la inmediatez, de llegar al destino sin demora ni obstáculos. No había que pensar. Y allí fui, tan rápido como pude. Esta noche debía tomar el tren hacia Marrakest costase lo que costase. Ella estaba allí y, se suponía, me esperaba.

-Un juice d'orange, s.v.p.

Otra frase relajante que evoca los cafés de Marrakest. En las puertas del Sahara -los beréberes dicen Sara- no hay nada mejor que beber un zumo de naranja, sentado en una mesa de la haima después de recorrer un kilómetro de dunas para asistir, muy temprano, al amanecer en el desierto de arena, en la frontera con Argelia. El sol sólo es una tenue luz en el Oeste que asoma por las nubes que perpetuamente -los nómadas dicen que una vez en los últimos siete años- cubren el desierto. Las minúsculas gotas que flotan sobre la arena son lo más asombroso, más que las extrañas criaturas que lo pueblan. Escarabajos peloteros de tamaño gigante pasean indiferentes a tu lado por el medio de la haima mientras tomas un chá (un té) hirviendo -siempre el chá- o una botella de Coca-Cola de tamaño familiar. Los chubascos en el desierto o en las khasbas de barro cocido evocan otro paraíso que altera las leyes de la Física tal y como las conocemos. Es un mundo al revés en el que no hay respiro.

Veo como la lluvia moja la tierra árida y, de fondo, evoco unas casas de barro borrosas, ocultas por el vapor de mi aliento y la caída de la noche. Del frío. Pero ahora me hallaba pidiendo un juice d'orange en la cafetería próxima a la rotonda de la estación. Un aperitivo antes del viaje. Allí había otros mochileros que, seguramente, también aguardaban por la llegada del Expreso a Marrakest, con trasbordo en Casablanca. Los turistas estaban de tertulia alrededor de su mesa, con su Coca-Cola de botella de cristal de medio litro y su juice d'orange. El reloj que presidía la barra del bar marcaba las 23.00 horas, casi a medianoche.

Aunque que los mochileros se regían por la hora europea, por lo que para ellos ya era la una de la madrugada. Alguno de aquellos jóvenes cayó en redondo en la mesa, vencido por el sueño. El resto seguía de charla hablando de sus aventuras. Al poco, se acercaron a aquella mesa unos tipos altos, que resultaron ser viajeros de Polonia, acompañados de un joven español. Este último lucía un sombrero de ala que le daba un aire de explorador, mezcla de Indiana Jones y Lawrence de Arabia. Un paño protegía su cuello de las asperezas del desierto y, curiosamente, cargaba con una maleta de hotel como si aquello fuese una avenida parisina. Relató su visita a una vieja ciudad perdida.

-Volúbilis. Otra palabra que me hace recordar lo exótico. La ciudad romana de los mosaicos fue construida hace dos mil años a las puertas de la cordillera del Atlas y del desierto del Shara, como los beduinos lo pronuncian. El mochilero, con pinta de profesor de arqueología y aventurero, relató en aquel bar de Fez sobre la misteriosa ciudad latina enclavada en un fértil valle, que también atrapó a los colonizadores franceses. Dominada por el arco del triunfo de Trajano, aquella urbe perdida en el Norte de África evocaba un nostálgico pasado como suministrador oficial de animales salvajes al Circo de Roma.

Cuando caminabas sobre las baldosas de la vía más céntrica de Volúbilis no podías sino admirar la disposición de las tiendas de los comerciantes, el alcantarillado subterráneo o los trazados geométricos de los mosaicos. El reloj del bar marcaba lentamente el tiempo, la televisión emitía una serie de acción y los clientes marroquíes agotaban la noche del sábado charlando y bebiendo té. El tiempo transcurría en aquel bar pero no lo suficiente deprisa para terminar la espera del tren que me llevaría a Marrakest.

El reloj dio la hora y todos los mochileros salieron en dirección a la estación. En el andén había más gente que aguardaba el Expresso. Fui a la consigna y pedí al bedel que me diese la mochila, que previamente había guardado en un saco azul por cinco dirhams. Aquello era un precio abusivo, puesto que no se trataba de más que un saco de hilo de los que los agricultores emplean para guardar las patatas. Cargué sobre mi espalda el saco azul, como se fuese mi botín o un hombre de campo, y caminé por el andén. Descargué la mochila y busqué en un saco el teléfono móvil. No había ningún mensaje para mí en el buzón de voz. Ahora me preguntaba si ella estaría o no. Me percataba de que este viaje había sido una locura, fruto de un ataque de impulsividad y pasión. Aunque ella estuviese sentada en el café de la plaza roja de Marrakest, puede que aquello no cambiase nada. ¿Por qué iba a cambiar?


Sería una larga y calurosa noche de viaje. Pronto me vi peleando con otros mochileros por buscar un asiento no reservado en el vagón. De pie, iba a ser difícil dormir. El expreso nocturno arrancó y descargué mi mochila en el suelo. Binario due volvió a sonar en mi cabeza.

domingo, 31 de octubre de 2010

Consultas de viajes en tren por Europa (30 respuestas)

30 consejos para organizar un viaje por Europa en tren en PDF (Eurail / InterRail)

http://europaenmochila.files.wordpress.com/2010/10/consultasinterrailevpita2.pdf

En este documento en PDF encontrarás la contestación a múltiples preguntas que te puedes plantear a la hora de organizar un viaje en tren por Europa con el pase Inter Rail o Eurail , como solucionar el alojamiento, que horarios de viaje elegir y otras cuestiones similares.

miércoles, 4 de agosto de 2010

O Binario Due -Capítulo 2

O BINARIO DUE (1999)

Unha novela ambientada no tren de alta velocidade Oporto-Ferrol

Por Enrique Vázquez-Pita

Borrador da historia orixinal

Segunda parte de "O Pendolino" (Cap. 1 / Cap. 2 / Cap. 3 / Cap. 4)

"O Binario Due" Ver Capítulo 1

CAPÍTULO 2

O home do sorriso, que escoitara o relato, aplaudeu abraiado á rapaza.

-A dúbida sobre o mencer...o que tanto facía sufrir a Hume. Ese cronista romano do que fala vostede é un antecesor dos escépticos. Non sabía que se conservaban uns documentos tan valiosos.

Eu miraba para a costa. Se cadra, o relato da muller dos ollos azuis xelados levaba razón. Eu disculpeime bruscamente:

-Se me permite, baixome nesta parada.

- O indicativo sinalaba Santiago. O home do sorriso replicou: pero vostede tiña unha historia pendiente de rematar.

-É certo e cumprirei a miña promesa. Eu andaba á procura dunha moza de ollos azuis xelados. Non é?

-Así é, aquela que lle esperaba en Marraquest, ou outra?- e o home do sorriso chiscou o ollo. Aquel home sabía ler no corazón da xente. -En Agadir-correxín.

-E ben?

-Decateime de que esa muller me espera en Santiago, nunha plataforma. Hai varias horas que ela agarda o meu regreso.

O home do sorriso ergueu as cellas e retrucou:

-Se me fixera caso eu, de vostede, seguiría ata Ferrol. Hai paradas que só son de paso.

A muller dos ollos azuis miroume con cara de mágoa:

-Quizás a súa historia non remate e teña segunda parte.

-A miña historia remata nesta parada- dixen cun sorriso triste mentras me erguía do asento.

E engadín:

-Amiga, o seu cronista romano viuno moi claro. Hai que vivir no agora, antes de que o sol afunda nas augas. E o meu solpor agora é nesta parada de Compostela.

O home de sorriso replicou:

-O seu agora, o seu hoxe, está aquí, neste sillón, neste tren. E esa parada de Santiago é unha das múltiples posibilidades do seu futuro.

O Pendolino comezou a frear. Moi ao lonxe albiscabanse as torres da Catedral e os teitos da Cidade da Cultura. Tiña que me decidir. Quedaban só poucos segundos.

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Varios links de viaxes

- Europa en 30 días en tren con InterRail (1994)
- Europa en 30 días en tren con InterRail (2000)
- Bretaña e Normandía (1997)
- O Mediterráneo en tren con InterRail (Grecia e Turquía) (1998)
-Escocia e Stonehegen (1999)

O Binario Due - Capitulo 1

O BINARIO DUE (1999)

Unha novela ambientada no tren de alta velocidade Oporto-Ferrol
Por Enrique Vázquez-Pita
Borrador da historia orixinal / Correxido e ampliado en 2o10

Segunda parte de "O Pendolino" (Cap. 1 / Cap. 2 / Cap. 3 / Cap. 4)

CAPÍTULO 1

No tren Pendolino de Porto a Ferrol, os tres pasaxeiros escoitaron a miña historia.

Todo empezou na estación Central de Milano. Ainda lembro os altofalantes: "Stazione Centrale di Milano. Il treno arrivara nil binario due".

Abofé, cando me sinto só, recreo na miña cachola a megafonía da estación de Milán. Era como voltar á casa. O binario due é como esa habitación acomodada o teu gusto que serve, en psicoloxía, para aislarte do mundo, para acougar our relaxarte. Ben a ser algo así como un refuxio mental, un colchón.

En Italia sempre te sentías ben, como no teu fogar. Logo de pasar penurias en culturas extrañas, Italia era como a antesala do meu lar. Cando quería facelo chiste imitaba aquel altofalante y recreabame eu só da gracia. Il binario due...Que lembranzas!

Ela máis eu ollaramos pola fiestra do coche e sorrimos mentras axustábamos as mochilas ó lombo. Milán, voltamos á casa. Alí estaba a Stazione Centrale e o Binario Due, a plataforma dous. E alí fora onde a esperei de pé, camiño de Roma.

-É unha historia moi bonita- dixo a pasaxeira dos ollos azuis.

O segundo viaxeiro, o doutor Camoes asintiu, intrigado polo que lles quería contar.

Pero eu continuei:

-A historia non terminou.

A miña mente volvía a unha cidade de Marrocos, pode que Fez ou Marraquest.

-Ou la gare du train, s.v.p.?- preguntei desesperado pola estación nun francés trapalleiro a uns cativos que camiñaban coa bici ás costas.

Percorría anguriado as rúas de Fez, fora das murallas da Cidade Imperial. As agullas do reloxio movianse espelidas e eu tiña presa. Saira da haima xa cando estaba oscurecendo, só alumeado pola lúa chea, e marchei a pé coa mochila ó lombo e morto de medo, non fora selo demo que me deran un pau.

Suaba porque naquel intre estaba perdido nunha estrada que non ía a ningún lado. E o plano tiñao do revés ou era eu quen o vía do revés.

"A gare du train", unha frase que retornou á min: non era difícil voltar aquela vez que me apeei na Gare d'Austerlizt, a dinámica estación parisina do Sul. Era a mesma sensación que Victoria Station. Milleiros de persoas e maletín a toda presa e se metían no Tube. Un espectáculo só comparable a primeira imaxe do Metro de Madrid, con centos de usuarios subindo ó unísono as escaleiras da plataforma da línea azul, a 2, en Sol. "Tout droit! Tout droit!". Todo recto, ata chegar á Nouvelle Ville.

"Tout droit" era outra das miñas frases preferidas. Tiña un anaco de eficiencia, de inmediatez, de chegar ó destino sin demora e sen obstáculos. Non había qué pensar. E aló fun, a fume de carozo.
Esa noite había marchar a Marraquest como fora. Ela estaba alí e, supostamente, me esperaba.

"Un juice d'orange". Outra frase relaxante. Nas portas do Sahara -eles din Saara- non hai nada mellor que tomar un zume de laranxe, sentado nunha mesa da haima despois de percorrer un kilómetro de dunas para asistir, moi cedo, ó amencer no deserto de area, na fronteira con Alxeria.

O sol só é unha tenue luz no oeste que asoma polas nubes que perpetuamente -alí din que unha vez nos derradeiros sete anos- cubren o deserto. O orballo do deserto e mais abraiante ainda que as extrañas criaturas que o poboan. Escarabelos peloteiros de tamaño xigante que pasean indiferentes o teu carón polo medio da haima mentras tomas un chá fervendo -sempre o chá- ou unha cola de tamaño familiar.

Os chaparróns no deserto ou nas kasbas, esas cidades de barro cocido, evocan outro paraiso que burla as leis da física tal como a coñecemos. É un mundo ó revés no que non acougo. Vexo como a choiva molla a chan árido e de fondo unhas casas de barro borrosas, ocultas polo vapor do meu alento e a caida da noite. Da friaxe. Pero agora pedira un juice d'orange na cafetería próxima á rotonda da estación. Un aperitivo antes da viaxe.

Na rotonda da estación de Fez atopei outros mochileiros que, seguramente, tamén agardaban pola chegada do Expreso a Marraqueest, con transbordo en Casablanca. Estes estaban de tertulia arredor da súa mesa, coa sua Coca-Cola de botella de cristal de medio litro e o juice d'orange. O reloxio que presidía a barra do bar marcaba as 23 horas, case á medianoite, ainda que os mochileiros rexíanse pola hora europea, polo que para eles xa era a unha da madrugada.

Un daqueles rapaces caeu grogui na mesa, vencido polo sono. O resto seguía de parola falando das súas aventuras. Logo achegaronse a aquela mesa uns tipos altos, que resultaron ser de Polonia, e outro xoven español que os acompañaba. Este último levaba un sombreiro de ala con pinta de Indiana Jones. Un pano protexía o seu coello e, o curioso, cargaba cunha maleta de hotel. Comezou a falar da súa visita a unha vella cidade perdida.

Volubilis. Outra palabra que me fai lembrar o exótico. A cidade romana dos mosaicos construida as portas da cordillera do Atlas e do deserto do Shara, como eles o pronuncian. O mochileiro con pinta de profesor de arqueoloxía e aventureiro falou os que estábamos alí da misteriosa cidade romá, enclavada nun fértil val, que tamén atrapou ós colonizadores franceses. Dominada polo arco do trunfo de Traxano, aquela cidade perdida no Norde de África evocaba un nostálxico pasado como suministrador oficial de animais salvaxes no Circo.

Cando te situabas na vía máis centrica de Volubilis non podías senon admirar a disposición das tendas dos comerciantes, o saneamiento subterráneo ou os trazados xeométricos dos mosaicos. O reloxio marcabas paseñinamente o tempo, a televisión botaba unha serie de acción e os homes marroquíes esgotaban a noite do sábado conversando e bebendo o té. O tempo pasaba naquel bar pero non a presa dabondo para rematar a espera do tren que me levaría a Marraquest.

-Daquela non eran como agora- apuntou o doutor Camoes cun sorriso. A onde nos querrá levar o noso amigo español co seu relato- preguntou con retranca e certa impaciencia.

-O reloxio deu a hora e todos os mochileiros sairon cara a estación.Na plataforma había máis xente que agardaba o Expresso. Fun á consigna e pedin ó mozo que me dera a mochila, que previamente gardara nun saco azul a cinco dirhams. Era un timo, posto que non era mais que un saco de fío dos que na terra se empregan para gardalas patacas.

Carguei ó lombo o saco azul, como se fora o meu botín ou un completo garrulo, e sain cara a plataforma. Descarguei a mochila e busquei nun saco o teléfono móvil. Non había ningunha menxase para min no buzón de voz. Agora me preguntaba se ela estaría ou non. Decatábame de que fora unha tolería esta viaxe. Ainda que ela estivese, pode que non cambiase nada.

Por qué ía cambiar? Aquela sería unha longa e calurosa noite de viaxe. Pero o primerio sería pelexar cos outros mochileiros por atopar un sitio no vagón para durmir. Nos expresos nocturnos era moi difícil. Alí estábamos todos agardando a chegada do tren, expectantes e preparados para saltar ó vagón.

-E qué pasou?, preguntou o vello, mentras ollaba de esguello á cativa dos ollos azuis. Sen decatarme, o tren xa chegaba a Vigo.

-Van parar en Vigo, ou seguen camiño?

Ninguén se apeaba ainda.

-Pois entón, contareille o resto, de camiño a Santiago- e fixen un xesto triste.

O home do sorriso riu. Mirou para a terceira pasaxeira, a dos ollos azuis xelados.

-Creo que o noso amigo español xa sei por onde vai. Só falta por coñecer a nosa amiga do Centro Pessoa.

A rapaza pechou os ollos e as súas meixelas enroibaron.

-A miña non ten interese. Só son unha bibliotecaria que escribe historias e que nunca visitei os lugares exóticos dos que fala o noso amigo español.

-Pero algunha historia terá que contar. Ou prefire escoitar o fío musical e a ese horrible grupo tan de moda?

-Eu gosto das letras clásicas. Agora estudio un vello relato dun cronista romano que fala da campaña de César nos limites da Lusitania, no que logo sería a provincia da Gallaecia. Di que o sol era negro e que se metía no mar facendo un ruido metálico.

-Será Plinio- aventurei. Coñecía ben aos clásicos -Aquel bó home cría todo canto lle contaban os mariñeiros.

-Non, é alguén anterior. É Tito Casio, liberto da familia Casio e cronista das Acta Diurna. Este dinos que arrepiou de terror naquel solpor.

Puiden maxinar o terror de Tito Casio.

A rapaza continuou o seu relato, mentras o tren mergullabase no túnel de Maceiras. Era unha pena que non poidexemos desfrutar da ría e das bateas ata que o tren volvese saír á superficie en Redondela.

-Era o derradeiro día das Florais, nas calendas de maio, porque así o mencionan varios documentos. Mais naquela terra incognita, nos limes da Lusitania, había frío e vento. De súpeto, o ceo bateu contra o mar. O noso cronista, primeiro veu o grande río vermello e logo escoitou un estrondo coma se o airado Vulcano golpease co seu martelo unha plancha de cobre ou ferro oxidado. Como se Xupiter, señor dos ceos e do Cosmos, rifase coa súa infidel esposa e irmá Xuño.

Os pasaxeiros escoitaban abraiados aquel relato case poético, cheo de dramatisma, en tempos lonxanos.

-Aquel era un ruído metálico tan chirriante que daba grima. O noso cronista puido deducir que o estoupido proviña do horizonte. Abofé, veu por primeira vez como o sol ¡caía na raia do mar!. A grande bola naranxa esvarecíase prodixiosamente no sumideiro, arrastrado ás fervenzas que separan o limbo do mundo.

A moza conseguía transmitir moitas sensacións desacougantes. Conseguía que os seus acompañantes convertiranse en espectadores dun drama clásico.

-Aló, nas limes, infestadas de horribles criaturas, agardaba o barqueiro Carionte para cruzar as almas dos vivos á outra beira. Calqueira mariño tolearía, morto de medo ante aquel canto metálico de sirea. Xúpiter pechaba a porta da morada dos seus lares. Estaba no fin da Terra, nos limes do abismo. E entón alguén da tripulación alertou de que algo no mar estaba vivo e viña cara eles. Cando voltou a ollar aquel sol negro se preguntou se habería mañá trala noite.

A rapaza calou e o pasaxeiro do sorriu ergueu a cella como xeito de invitala a continuar.

-O resto da historia perdeuse.

-Pois, entón, amiga, ou vostede é historiadora ou é poetisa.

-As veces, os fríos datos esconden beleza.

Decateime de que caera no sono e entreabín os ollos. A xanela reflectía os reflexos das luces do compartimento do vagón. O tren saía veloz do longo túnel e só albisquei un borrón no mar que tiña que ser a illa de San Simón e, ao fondo, a ponte ampliada de Rande. Dentro duns minutos, pararíamos en Pontevedra. O convoi freou paseniñamente.

O Pendolino-Capítulo 4

" O PENDOLINO " (1999)

Unha novela ambientada no tren de alta velocidade Oporto-Ferrol
Por Enrique Vázquez-Pita

Borrador da historia orixinal

Ver Capítulo I / Ver Capítulo II / Ver Capítulo III


CAPÍTULO IV

De fondo, soaba un fío musical con música de jazz clásica. Recoñecín a suite Bergamasque-Clair de Lune de Debussy. Aquela peza de piano sempre me conmovera, quizás porque tiña relación con meu estado de ánimo nostálxico.

-O nosa casa era frecuentada polos novos funcionarios que chegaban á cidade. Foi unha época bonita pero nin me acostumei a Macao nin a Angola. África sempre foi allea para min. A calor, as comidas... O que máis me sorprendía era o vento cálido das tardes, nas postas. E o silencio.

-Eu tamén gardo boas lembranzas de Angola. Durante uns anos aquel foi o meu lugar. Eu ainda era mozo. E de todo aquelo xa non queda nada.

Nese intre sonou unha campanilla e abreu as portas eléctricas un mozo, un inmigrante, cun carrito de aperitivos: patacas, refrescos, froitos secos e a mascota do Pendolino, un pequelo galo chamado Gallaecio cunha camiseta cun singular arco da vella: verde, vermella, branco, azul e amarelo. O diseñador cavilara en todolos detalles.

-Que mascota máis horrible-afirmou a moza de ollos azuis xelados.

-Ós nenos góstalles. En realidade, gostalles calqueira animaliño. Se puxeran de mascota un loro ou un can palleiro, gostaríalles igual. Calqueira cousa lles interesa- explicou o home de sorriso, que mercou varias larpeiradas.

-E vostede, o noso amigo español, ¿non mercou o galo de Barcelos ou o viño de Porto?

-Pois depende. Eu andolle mal de cartos para mercar souvenirs.

-Non poderá dicir iso posto que non repara en coller o Pendolino, moito máis caro que o tren eurorrexional que vai pola costa.

-Sí, é certo. Pero é un gasto necesario. Non é o mesmo tardar tres horas en autocar que hora e media en tren. A velocidade compensa.

-Eu non entendo como se gastaron tantos cartos neste tren cando había outras prioridades.

-Supoño que agora está máis perto. Por exemplo, hai dez anos, era impensable ir a Porto e voltar no mesmo día desde o Norte.

-Pero abriron as autoestradas.

A cativa de ollos color Azul Ártico interviu na conversa.

-Eu traballo de bibliotecaria na Fundación Pessoa, en Ferrol. O centro abriuse hai uns anos e dábame preguiza ir os fins de semana ata Porto. Agora, vou e volto co bono mensual. Compensa, incluso facendo o transbordo en Betanzos. Apenas son uns minutos de espera.

-E nunca pensou en facer vida en Ferrol?

-Pois, pode que nun futuro. Pero a miña vida segue en Porto, nunha quinta do Douro. A dona e o home do sorriso amosaronse interesados. -É vostede das familias da Ribeira?

-Non, os meus parentes son de Boa Vista pero agora visito a un amigo dos Gonçalves. Aquelo de "amigo" non soaba moi ben. Sentín unha doenza no corazón.

-Os herdeiros das adegas Virxe do Douro?- preguntou o doutor Camoes, chiscando un ollo á dona.

- Unha das ramas da familia, dos que regresaron do Brasil hai uns anos. Trabei moita amistade cun dos fillos.

-Ouvin dicir que seica as cousas non lles van moi ben agora.

-Eu non lle sabería dicir- replicou a moza con prudencia.

Xa se sabe o que pasa. Vas nun tren, falas de máis, o rumor se extende e logo perdes unha amistade. Polo menos, Ollos Azuis Esquivos sabía ser fidel as súas amistades. O doutor Camoes explicou o motivo da súa viaxe.

-Eu tamén vou a Ferrol a mercar propiedades. Axudo a un amigo meu a seleccionar as mellores casas no Norte para restaurar e vender. Viaxo moito pola costa e nas zonas de praia. É unha comarca moi tranquila, alonxado do turismo e con boas comunicacións. Se vostede traballa na Fundación Pessoa podereime pasar por alí e invitala a un café. Ou tal vez poidamos xantar nun restaurante de confianza na praia de Doniños.

Demo de vello, xa estaba a invitar a Ollos Bonitos a unha cena romántica. Non me podía quedar de brazos cruzados. Aqueles ollos eran unha obsesión.

-En Ferrol hai moita vida social, no clube de campo, de golf. Se me permite, se cadra, un fin de semana eu poda levala a coñecer esos sitios e é posible que xoguemos uns sets de tenis.

A resposta non poido ser máis xélidamente diplomática:

-Non quixera abusar da confianza do meu amigo español. Tal vez máis adiante.

O tren pasaba a gran velocidade polos viñedos, perto da autoestrada. Era divertido ver como os coches ían a paso de tartaruga e nós case voábamos deixando atrás árbores, postes, as proteccións e os travesaños dos raís. Agora o Pendolino acadaba a súa velocidade punta, de 300 kilómetros por hora, antes de frenar para cruzar a ponte do Miño.

O doutor Camoes continuou coa súa historia.

-O tren comeza a ir máis amodo. Debe ser que andamos perto de Valença. Case se ve desde aquí o outeiro da fortaleza.

E alí víase o laberinto de murallas e fortíns. O Pendolino descendeu ata os 125 kilómetros por hora para atravesala ponte do Miño. O espectáculo era grandioso. Vianse ó lonxe os arenais, as illas e a construcción dunha nova ponte da vía rápida entre Caminha e A Guarda e Baiona, obra que despois da crise botaba andar. Antes non era posíble, pero a ponte do Pendolino estaba levantada nunha beira do río desde a que se podía albiscar a desembocadura.

-Eu estiven traballando hai uns anos no centro social de Valença. Foron uns anos bonitos e tristes; e Ollos Xelados dixo esto último con mágoa e cun sorriso amargo.

Supoño que cada un de nós leva dentro algunha historia que non lle saiu ben. Unha espiña sobre a que non me atrevín a preguntar. Os outros compañeiros de viaxe tampouco indagaron. As augas do Miño estaban máis oscuras do que as lembraba. Podía ser polo día, que chovía sen parar, a grandes chouzos. Consultei o reloxio e o mapa do horarios e comprobei que cumpriamos o itinerario ó minuto. O home do sorriso continua a conversa.

-E qué lle trae a Galiza, miña amiga?; referíndose a dona aristocrática. -Busco unha vila de veraneo na praia. Vostede, amigo Camoes, me pode axudar. Sabe que o meu tio Joao enfermou do pulmón e necesita moita tranquilidade.

-Para iso, o mellor son as illas Açores. E o seu tío, que é rico, ainda podería facer algunas operacións financieiras nos bancos do lugar e libre de impostos. O doutor Camoes riou o seu propio chiste, e a amiga lle reprendeu.

-E o noso amigo español -dirindoxeme a min-, non nos vai contar a súa historia? É un lurpias que fai falar aos máis e el, o moi cuco, cala coma un peto.

Eu fixen un pouco de silencio para lembrar e rememorar aqueles tempos.

O Pendolino-Capítulo 3

" O PENDOLINO " (1999)

Unha novela ambientada no tren de alta velocidade Oporto-Ferrol

Por Enrique Vázquez-Pita

Borrador da historia orixinal

CAPÍTULO III

Os pasaxeiros do Pendolino entablaron conversa.

-Macao. Eu tiña unha pequena casa antes da cesión a China. Foi pouco antes de nos vir de Angola. Cómo quedou aquel país!

-Todo quedou como quedou. Sangue, violencia e guerras civís cando nos fumos. Polo menos, con nós había certo orde.- o vello parou, tomou aire e como quen recorda algo, continou resignado repasando toda unha vida nuns minutos- Pero naquela época había que descolonizar, e iso que fumos os derradeiros. Pero, segue, amiga. ¿Desde cando non nos vemos?

-Ben poidera ser desde o cabo de ano do inxenieiro Olivença, ¿decataste? Eu ainda estaba na embaixada cando ocurriu.

-Ben certo é que tiveches unha vida, María, con moitos avatares.

-Vivin épocas felices e tamén a desgracia. Pero hai que esquecer porque así e a lei de vida.

-Así é. Dicías que tiñas unha pequena casa en Macao. Moi poucos querían voltar alí.

-Si, home, por un ou dos anos, sempre había funcionarios dispostos ó ascenso. Na embaixada sempre atopabas xente.

A conversa continuaba e a parella falaba dos seus vellos tempos das colonias. Por non escoitalos, estaba por enchufar uns cascos e as novas gafas virtuais para navegar por Internet. Pero, ainda era moi cedo e casi prefería botar unha cabezada. Entón foi cando a vin. Sí, agora sei que era ela. Como si o seu perfume anticipase a súa chegada. E como se os fotóns que reflexaba a súa ollada viñeran canda min. E o tren iniciou a marcha, primeiro lenta, mentras saiamos da estación e logo comezou a acelerar, tanto como o pulso do meu corazón porque vía que a Ollada Azul viña canda nós, arrastrando tras si unha pequena maleta de rodas.

O monitor do compartimento marcaba a velocidade do convoi, xa sobrapasa os 150 kilómetros por hora e seguía medrando o contador. Subía a 160 e logo 170, e os postes desaparecían, todo desaparecía. Pero estou ben seguro que o meu pulso ainda ía máis rápido. A cativa de ollos azuis achegouse ata nós e díxolle á señora aristocrática que ese era o seu sitio. Pero o home de sorriso interviu e lle pidiu se aceptaba cambiar o sitio. Estaba claro que a muller de ollos azuis asentiría por cortesía.

Pero entón intervin eu cun torpe portugués porque unha casualidade deste tipo non pasa tódolos días:
-Se me permite, o sitio o meu lado está libre.

A cativa sorriu sorprendida.

-Pero si é o meu amigo da Casa da Música. Agora o recoñezo- replicou sorprendida nun portugués correcto.

- Vexo que as bágoas ocultaban unha bonita ollada- respondinlle o mellor que puiden.

Debin de meter a pata, porque inmediatamente dirixiuse á señora de Macao e dixo: "Por favor, cal é a súa praza?". "É a 52", contestou a muller.

Pero o home de sorriso interviu:
-Quedese con nosco e o noso amigo español. Estábamos a punto de escoitar a historia de María de Braganza en Macao-, afirmou o cabaleiro luso.

Eu tamén sorrín con boa cara.

A cativa de ollos como o mar xelado asentiu. "Bueno, oigamos esa historia. Gostanme as historias", engadiu.

-Abofé, eu cheguei a Macao, ¿lembrase doutor Camoes? nos derradeiros anos dos 90.

-Sí, vosté xa vivira en Angola.

-Angola, qué traxedia. Nunca pasei tanto medo. Tantos anos perdidos. ¿Sabia vostede que o meu home tiña unha granxa en Tonga?

-Pero el non traballaba alí.

-Non, pero supervisaba a explotación. O meu home era secretario do embaixador, o inxenieiro Pereira.

-Lembro ben, tivo unha vida moi activa. E logo ainda estivo en Mozambique, uns anos. Alí xa lle perdín a pista. Pero vostede falaba de Macao.

-Sí, Macao. Como lembro aquelas rúas de cores!. Todalas semanas tomaba o transbordador para Honk-Kong, que xa pasara a ser cidade chinesa.

-E cómo estaba aquelo?

-Mellor que Macao. Non me gustaba Honk-Kong porque estaba cheon de autopistas. Sabía que había tres niveis nas rúas; e os peatóns camiñaban pola plataforma máis elevada? Macao, xa sabe, a decadencia. Ainda que nos últimos anos había moita actividade. Había moita inversión nos Casinos e nas salas de xogo. Moitos dos nosos amigos fixeron fortunas. Outros eran funcionarios que desexaban pasar uns anos e logo ascender de regreso a Lisboa. E que aquelo eran outra cultura.

O doutor Camoes suspirou.

-A vella grandeça. E xa non nos queda nada-, afirmou.

O Pendolino achegabase a Braga. Ainda non pasaran dez minutos e o tren acadara a súa velocidade punta de 250 kilómetros por hora. Agora comezaba a frear. Uns cativos paseaban en bici polo campo e nos facían cortes de manga ou saudaban. En fraccións de segundos, desapareceron, como se esvarecían as proteccións metálicas, os postes eléctricos e os árbores, que se vían borrosos. Só perduraba a paixase, sempre a paixase de eucaliptos de verde escuro e as casas brancas.

Perto xa se divisaba Braga, derradeira parada antes de Vigo.

Era unha mágoa que o Pendolino non percorrera a línea de costa. Botaba de menos aquel océano bravo e as praias salvaxes da Costa Verde. Moitas veces soñara con alugar unha casa de verano naquela costa de ondas bravas e dunas.

-Macao. Nunca estiven afeito a aquela vida. A nosa casa estaba perto da zona residencial das embaixadas. Era un lugar agradable e a vida resultaba doada.

-Pero sei ben que a sua familia sufriu moito- apuntou o doutor Camoes, con tacto.

-Foron tempos moi difíciles, e ben o sabe vostede despois do que lle pasou a súa filla. O sorriso do doutor Camoes tornouse triste.

A moza de ollos azuis, que seguira con atención a conversa, interviu:

-Non puiden evitar escoitar a súa conversa- e trala cortesía, engadiu- Permitanme que me presente; son María Pontes.

O resto dos pasaxeiros saudaron corteses. O doutor Camoes deulle pé cun pequeno sorriso para que continuase:

-Supoño que esa foi unha época que eu non vivin e da que agora teñen morriña.

-Eran outros tempos- explicou o doutor Camoes.- Vostede é moi cativa para comprender o que significaba para o noso país aquelas terras que eran parte da nosa cultura. Eu nunca estiven en Macao pero traballei un tempo en Angola.

-A súa presencia foi moi agradecida en Tonga. Foron uns anos moi bós- interviu a señora.

Dende a xanela do Pendolino divisaronse as torres de varias igrexas principais.

-Mire, xa entramos en Braga. Apenas tardou uns minutos. Preguntome porque non construiron antes esta línea. Mesmo Francia e España a tenderon nos anos 80 e 90.

-Era un gasto moi grande naquela época. Despois de todo, tanto ten que se tarde unha hora que dúas entre Lisboa e Porto. Pero o custe era dobre.

O Pendolino cruzaba os campos de vides reducindo a súa velocidade. A estación de Braga estaba na bisbarra. Tiña varias plataformas. Os técnicos estudiaban facer unha conexión con Salamanca, pero aquelo parecía un despilfarro, tendo en conta que agora os viaxeiros podían facer transbordo na Estación Central de Vigo.

-Macao. Como lembro aqueles tempos. Esto xa non é como agora. Xa viu o que pasou cando entraron os países do Leste na Unión Europea. A milla filla menor traballa de funcionaria en Bruxelas e di que a cousa está moi difícil. Hai xente que xa fala nos corredores dunha guerra civil europea, como se fose algo que tivese que pasar si ou si.

-Deus non o queira. Xa tivemos dúas no século pasado.

- A xente parece que non escarmenta. As veces vou pasar un días con ela. Non se pode imaxinar o caro que está o aluguer nesta cidade.

Os pasaxeiros subían ó tren a presa. En dous minutos o Pendolino arrancaría a gran velocidade cara Vigo. Neste traxecto o convoi acadaba a súa velocidade punta de 300 kilómetros. Seino porque o escoitara unha vez no telexornal e me quedara gravado. A esta velocidade, en vinte minutos estaríamos en Vigo. Foi unha mágoa que se suprimiran as estacións de Valença e Tui, pero sempre habería a posibilidade de tomar un tren de cercanías desde Vigo. En realidade, había unha parada en O Porriño, porque era máis doado facer o enlace co tren de velocidade alta de Madrid.

Penso que no futuro, a estación de intercambio sería Ourense, con conexións directas a Santiago e Braga. Pero daquelo se falaba moito e non se facía nada. Eran moitos cartos. Por iso, moitos pasaxeiros apeabanse naquel nudo de comunicacións de O Porriño. Os demáis seguíamos ata Vigo, un ramal que seguía pola costa. Algúns trenes paraban en Pontevedra, pero a maioría seguían directos ata Santiago e A Coruña.

Por sorte, os transportes de cercanías melloraran moito nos últimos anos. Ainda recordo cando viaxar entre A Coruña e Vigo levaba ata dúas horas e cuarto naqueles TRD, cando agora se podía aforrar unha hora ou máis. Non entendo como viviramos na prehistoria tanto tempo.

A dona continuaba coa súa historia sobre Macao.

O Pendolino-Capítulo 2

"O PENDOLINO" (1999)

Unha novela ambientada no tren de alta velocidade Oporto-Ferrol
Por Enrique Vázquez-Pita
Borrador da historia orixinal

CAPÍTULO II

Naquel momento pareceume vela de novo. Alí, no fondo da plataforma S. Aquela era a rapaza da ópera, a das bágoas. Pero estaba moi lonxe e só acertaba ver unha melena rizada. Nin sequera lembraba o seu rostro. Podía ser calqueira. Sei que a súa mirada era azul, dun azul xelado como o a auga transparante do Ártico. Era o azul máis azul que vira. Non sabía se achegarme. ¡E qué lle ía dicir! Seica toleara. Os nosos camiños coincidiran nun punto e logo diverxeran ata perderse.

Era mellor non pensar máis e tirar para adiante. Agarrei o macuto e continuei cara a plataforma N. Alí estaba o Gran Dragón, coma eu lle chamaba porque aquela locomotora de alta velocidade tiña os faros como ollos do demo. Por dentro, os camarotes estaban decorados cunhas luces roxas que centileaban. Sen dúbida, influencia francesa. O revisor xa se achegaba para collelo billete.

Fóra chovía e as pingas de auga esvaraban pola cúpula acristalada. Ás veces, escoitabanse os ruidos dos avións que aterraban na terminal internacional de Sá Carneiro.
Normalmente, polo que me contaron, o Pendolino agardaba por viaxeiros do aeroporto que chegaban con demora. Isto non o facía o servicio directo de Lisboa, e menos o tren que viña de Sevilla, por Faro e o Algarve. Pero esa línea ainda levaba moito retraso.

Subín ao vagón co pequeno macuto ó lombo. Chegara con tempo e había moi pouca xente nas butacas. Tocarame asentos enfrentados con mesa, enfrente dun home xa entrado en anos. Por sorte, tiña a butaca da ventá. Ollei para o andén distraidamente... minto, buscaba á aquela rapaza de ollos extranxeiros. Pero Ollos Azuis xa non estaba na plataforma S, á que se accedía por un túnel. Mirei para o marcador, para o quiosco e para a gran pantalla conectada permanentemente a Internet.

O pasaxeiro sentado enfrente sorriume educadamente, cuns modales exquisitos que só podían vir dun portugués do Norte industrial. Ben poidera ser o dono dunha adega de Porto ou dunha quinta. Pero axiña me decatei de que o seu sorriso ía dirixido a unha muller que entraba no vagón. Os dous saudaronse como vellos camaradas e o cabaleiro fixo un ademán para que se sentase.

-Pode que o sillón esté ocupado, doutor Camoes-, dixo a viaxeira cun tono tan elegante que revelaba a súa procedencia aristocrática.

-Seguro que o seu ocupante, cando veña, o entenderá-, afirmou o home de pelo gris cun sorriso xentil.

Eu seguín ollando á estación. Un revisor corría pola nosa plataforma e cun teléfono móbil facía indicacións ós maquinistas. Os últimos pasaxeiros corrían a toda presa mentras un garda bigotudo da GNR berraba ós empleados.

Eu botei unha ollada á cativa de ollos das Augas do Ártico máis xa non estaba. Esvarecerase, como se fose un espiritu benigno, unha meiga boa, que me fora a despedir, que me acompañaba na miña estancia en Porto. Espero que isto non fora ningunha premonición nin que o Pendolino descarrilase na nova ponte internacional de Valença e logo me tivesen que recoñecer polo reloxio, entre restos de ferruxe. Toquei a mesa e voltei a prestar atención a conversa do vello do sorriso e a dona de importante familia.