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lunes, 25 de agosto de 2014

"Vagabundo por Europa: ocho países y 9.227 kilómetros en 10 días en tren". Crónica de un viaje con InterRail (E.V.Pita, 2014)

"Vagabundo por Europa: ocho países y 9.227 kilómetros en 10 días en tren" 

 Crónica de un viaje con InterRail por 26 ciudades de España, Francia, Bélgica, Luxemburgo, Inglaterra, Irlanda y Holanda.


(E.V.Pita, 2014)


Doce días para ver 26 ciudades europeas de 8 países

Mi plan inicial era ver Burdeos, Nantes, Lieja, Luxemburgo, Colonia, Rotterdam, Londres, Portsmouth, Southampton, Winchester, Bristol, Plymouth, Penzanze, Swansea, Manchester, Chester, York, Durham, Edimburgo, Glasgow, Dublín y Galway. Al regreso, visita de Oviedo.

Tras mil aventuras, este fue el recorrido final con 26 ciudades y otras cuatro con esperas en la estación: París, Lille, Bruselas, Lieja, Luxemburgo, Lovaina, Aquisgrán (Aachen), Colonia, Bruselas, Londres (estación), Brighton, Southampton, Winchester, Holyhead (estación), Dublín (estación), Galway, Isla de Arán, Limerick, Dublín (terminal de ferry), Chester, Liverpool, Blackpool, Manchester (estación), Bristol, Glastonbury, Swansea, Plymouth, Durham, Londres, Rotterdam, Bruselas y París.

Esta fue la ruta del viaje según horarios. Indico el coste de suplementos por reserva obligatoria de plaza en trenes de alta velocidad.


Viaje en autobús a la frontera de España-Francia

19.30 horas....Galicia-Irún - Bus (62 euros) / Distancia: 661 km


Primer día de viaje

09.00 horas... Irún-Hendaye      / Metro "Topo" (1,6 euros)  / Distancia: 4 km


09.45 horas.... Hendaye-París   / TGV (18 euros de suplemento) / Distancia: 803 km


17.46 horas.... París-Lille          / TGV-Thalys (18 euros de suplemento)  / Distancia: 219 km


20.07 horas.... Lille-Bruselas     / TGV-Thalys (9 euros de suplemento) / Distancia: 110 km


21.31 horas.....Bruselas-Lieja (Liège)   / Intercity / Distancia: 97,5 km


Segundo día de viaje

09.18 horas... Lieja (Liège)-Luxemburgo / Intercity / Distancia: 130 km


15.15 horas.... Luxemburgo-Lieja (Liège) / Intercity / Distancia: 130 km


18.08 horas.... Lieja-Lovaina (Leuven) / Intercity / Distancia: 82,3 km


19.59 horas... Lovaina-Lieja (Leuven) / Intercity / Distancia: 82,3 km


Tercer día de viaje

09.33 horas.... Lieja- Aachen (Aquisgrán) / Intercity / Distancia: 53,9 km


12.51 horas..... Aachen-Köln (Colonia) / Intercity / Distancia: 83 km


13.43 horas..... Colonia-Bruselas /  ICE (es gratis si no se reserva, vino con 40 minutos de retraso)                                                 / Distrancia: 213 km


22.00 horas......Bruselas-Nord a Londres - Victoria / Bus de Eurolines (58 euros, viaje en ferry                                                                                  Calais-Dover) / Distancia: 363 km

Cuarto día de viaje

07.06 horas.... London Victoria - Brighton / Distancia: 86,1 km


11.00 horas.... Brighton-Southampton / Distancia: 110 km


13.00 horas (?) Southampton-Winchester  / Distancia: 19,1 km


15.05 horas.... Winchester-Birmingham / Distancia: 211 km


17.23 horas....Birmingham-Holyhead / Distancia: 281 km


Quinto día de viaje

02.30 horas... Holyhead-Dublín (ferry con Stena Line, 22 libras) / Distancia: 123 km


07.00 horas... Dublin Port - Dublin Houston (bus, 4 euros) / Distancia: 4 km


08.00 horas.. Dublín-Galway / Distancia: 209 km


12.30 horas... Viaje en ferry a las islas Arán (viaje privado) / Distancia: 46 km


17.00 horas... Regreso de islas de Arán a Galway / Distancia: 46 km


Sexto día de viaje

10.30 horas... Galway-Limerick / Distancia: 98,6 km


14.45 horas... Limerick-Dublin / Distancia: 197 km


Séptimo día de viaje

02.15 horas... Dublin Port - Holyhead (ferry con Stena Line, 25 euros) / Distancia: 123 km


06.25 horas... Holyhead-Chester / Distancia: 134 km


11.01 horas... Chester-Liverpool / Distancia: 44,4 km


12.28 horas... Liverpool-Blackpool / Distancia: 88,2 km


15.32 horas... Blackpool-Manchester / Distancia: 82,3 km


17.05 horas... Manchester-Bristol / Distancia: 270 km


20.00 horas... Bristol Parkway-Bristol centro / (bus, 2 libras) / Distancia: 11,7 km


Octavo día de viaje

07.54 horas... Bristol-Glastonbury / Bus ( 7 libras, ida y vuelta) / Distancia: 43,2 km


10.22 horas... Glastonbury-Bristol Temple / Bus / Distancia: 43,2 km


11.56 horas... Bristol Temple-Cardiff / Distancia: 71,5 km


12.58 horas... Cardiff-Swansea / Distancia: 66,2 km


14.28 horas... Swansea-Newport / Distancia: 80,6 km


16.15 horas... Newport-Tauton / Distancia: 106 km


18.15 horas... Tauton-Plymouth / Distancia: 119 km


23.56 horas... Plymouth-Londres Paddintong / Distancia: 382 km

Anotación: no pude llegar a Penzanze porque el tren que me llevaba era el último y el convoy regresaba a Londres unos minutos después. No compensaba el viaje.

Noveno día de viaje

07.00 horas... Londres King Cross - Durham / Distancia: 433 km


11.43 horas... Durham-Londres KC / Distancia: 433 km

Anotación: había una posibilidad de visitar Lincoln si se hacía parada en Newark mejor que en Petersbourg

Anotación: no pude llegar a Porstmouth como tenía planeado porque perdí la tarde al tener que marcharme antes de tiempo de Londres porque se agotaron los billetes de Londres a París en bus nocturno (47 libras) y tuve que tomar inmediatamente un bus a Rotterdam que salía mucho más temprano.

19.30 horas... Londres- Rotterdam / En bus, por 25 libras /  Ferry en Dover / Distancia: 511 km


Décimo dia de viaje

09.08 horas... Rotterdam-Bruselas / Intercity / Distancia: 144 km


12.43 horas... Bruselas-París Nord (Thalys, 30 euros de Suplemento) / Distancia: 308 km


17.23 horas... París-Hendaye / TGV, 18 euros de suplemento) / Distancia: 803 km


Anotación: había una posibilidad de tomar un tren a Burdeos a las 15.23 horas y visitar la ciudad dos horas antes de seguir a Hendaya. Desistido por cansancio.


Regreso: viaje en bus de Irún a Galicia

De Hendaya a Irún, crucé el puente y tomé el bus nocturno a Oviedo (27 euros), que salía a medianoche. De Oviedo, seguí a Galicia (24 euros).

Distancia Irún-Galicia: 661 km


Cálculo de kilómetros recorridos 

Total de kilómetros recorridos: 9.227 km

Kilómetros recorridos en tren: 7.000

Kilómetros recorridos en bus y ferry: 2.200

Media diaria: casi 600 kilómetros



BUDGET 

PRESUPUESTO




Costs of transport 



Coste del transporte

Cost of the Interrail Global Pass 10 days: 400 euros

Coste del billete InterRail Global 10 días : 400 euros


Suplements in fast trains: 96 euros

Suplemento en trenes veloces: 96 euros


Costs of coaches: 200 euros

Pagos de bus: 200 euros


Costs of ferries: 50 euros

Pagos de ferry: 50 euros


Cost of accomodation en IYH: 100 euros

Costes de alojamiento en IYH: 100 euros

Total cost: 850 euros

Coste total: 850 euros

Food: 10 days x 15 euros = 150 euros

Comida: 10 días por 15 euros = 150 euros

Advice: the night coaches costs the same than sleep in a hotel one night


Nota: los buses son nocturnos, con lo que el coste del billete financia lo que pagaría por un hotel esa noche.


Un plan para 12 dias

Disponía de unos 12 días libres, en medio de mis vacaciones, para hacer una gran excursión por Europa en tren. Pagué 400 euros por un billete de InterRail Global Pass 10 días que me permitía viajar gratis durante 10 días repartidos entre 22 días por muchos países aunque en algunos tramos (sobre todo la línea París-Bruselas) debería abonar suplementos. Otros tramos, sobre todo los pases en ferry a Inglaterra, opté por hacerlos en bus y pagar porque es un transporte más cómodo cuando se viaja de noche. Al tratarse de un periodo de 12 días, tuve que exprimir muy bien la ruta para ver entre 2 y 3 ciudades al día. Hubo algunas jornadas maratonianas que solo las pude emplear en recorrer más de 800 o 1.000 kilómetros, de Hendaya a Lieja o desde Rotterdam a Hendaya, con breves paseos por la ciudad mientras esperaba al siguiente trasbordo.

Elección del equipaje: lo más ligero posible

Dada la complejidad del viaje y la necesidad de moverme rápido de un tren a otro, opté por llevar el mínimo equipaje, con el menor peso posible. Usé como mochila una bolsa de plástico con cremallera y sin ningún refuerzo porque es muy liviana. Allí metí ropa limpia, toda elegida por su mínimo peso (camisetas, un canguro en vez de un chaquetón, etc...). Por precaución, añadí un saco de dormir de verano aunque luego nunca me hizo falta y supuso un peso extra. En principio, mi idea era llevar solo una sábana de saco, que es mucho más ligera, pero no la compré cuando tuve ocasión y luego ya no tuve tiempo. Para llevar mudas, chancletas y productos de higiene, elegí un morral de tela, también liviano aunque otra opción habría sido una segunda bolsa de plástico como las que cuelgan al hombro los deportistas. Por último, usé una bolsa de supermercado para comida, guías y enchufes de cámara y móvil. Aunque el equipaje era algo tosco, fue lo bastante ligero para permitirme pasear por una ciudad cargado con él sin sentir molestias en los hombros o la espalda al menos durante dos horas. Realmente, no pesaban nada.

Tren combinado con bus

Mi plan de viaje consistía en viajar por Inglaterra e Irlanda en tren porque son muy veloces pero muy caros, por lo que con un pase InterRail me ahorraría dinero. Como ese pase de tren me permite viajar por todos los países de Europa que quiera pensé que podría hacer paradas en ciudades en las que no había estado como Burdeos, Luxemburgo, Rotterdam o Colonia. Para ello reservé en Lieja dos noches en un albergue internacional, antes de cruzar el canal para Inglaterra. Allí tenía previsto visitar el sur de Inglaterra hasta Penzanze (Cornwall, el fin de la tierra), Escocia, y Galway, en Irlanda. Sin embargo, tardé en comprar el billete de bus que me llevaría a la frontera con Francia, por lo que las plazas se habían agotado y perdí un día. Con el tiempo más justo, tuve que renunciar a visitar Escocia, que de todas formas ya había visto dos veces.

Alojamiento en IYH

Para el alojamiento, mi idea inicial era reservar cama en Inglaterra en los  baratos hoteles Travelodge por 40 libras la noche, o incluso 33, en ciudades algo alejadas de Londres como Cardiff, Birmingham o Reading. Sin embargo, el día que tenía previsto llegar a Inglaterra era sábado y los precios se habían disparado hasta las 80 libras o más. En cambio, el domingo era baratísimo y se podía dormir por 49 libras incluso en Londres. Por problemas técnicos no pude hacer ninguna reserva y tuve, como medida de urgencia, que reservar en los albergues de IYH, que me costaron entre 22 y 25 euros la noche, eso sí en literas en dormitorios compartidos. Fue una solución de urgencia ante la inminencia del viaje. Tienen la ventaja de que los IYH están ubicados en casi todas las ciudades, en sitios céntricos, dan enormes desayunos, cuentan con Internet y con lavadora, y recalan viajeros con mochila de todas las edades, con un agradable ambiente.

Una de las dudas que se me planteó era si era mejor tener como base Lieja, Lille o Bruselas. Elegí Lieja porque estaba a medio camino de los tres primeros sitios que quería visitar: Luxemburgo, Colonia y Rotterdam. La solución quizás no fue la mejor porque debería haber reservado en Lieja, visitar Luxemburgo, dormir en Colonia, seguir a Rotterdam y volver a Bruselas, de donde tomaría un bus nocturno a Londres. Sin embargo, por la comodidad de estar dos días en el mismo sitio, me decanté por Lieja, por ser un lugar intermedio, aunque tuviese que hacer dos veces el camino de ida y de vuelta en tren.

Pase InterRail Global Pass 10 días flexi

Compré un pase InterRail Global Pass Flexi de segunda clase con validez de 10 días en un periodo de 22. El pase me permitía viajar por todos los países adscritos a InterRail. En los trenes rápidos como el TGV y el Thalys hay que pagar suplemento, salvo en el ICE alemán que no requiere reserva. El tramo de España hay que pagarlo con un descuento del 30 % por lo que, si hay mucha distancia hasta la frontera, compensa comprar un billete de avión low cost que te sitúe rápidamente en París, Londres o Frankfurt.

Cada vez que empieza un día de viaje, hay que anotar la fecha en una casilla del billete hasta que se agotan las 10 casillas. Los revisores se fijan en que sea un pase Global y en el número de casillas agotadas.

Para planear los horarios, el billete InterRail incluye una App de "timetables" (horarios) de todos los trenes. Lo puedes descargar en tu móvil y consultarlo sin conexión a Internet. Como no iba a llevar de viaje un "smartphone" opté por buscar las rutas que me interesaban en la app y consultar los horarios que me interesaban. Gracias a eso descubrí que en Inglaterra había un tren nocturno de Londres a Penzanze (que me sería muy útil) y otro Londres-Edimburgo (que no fue necesario usar). También descubrí que se podía viajar de noche de Londres a Dublín, pero que el retorno era más complicado (como así fue). La opción de volver desde Belfast quedó descartada por falta de tiempo en la ruta para desviarme hacia allí.

En la planificación de la ruta quedaron algunos flecos pendientes como el paso de Calais a Dover. Es fácil hacerlo por la mañana o tarde, pero la noche es más engorroso. Opté por pagar un billete de bus nocturno por la comodidad de entrar directamente en el ferry y porque el dinero que iba a gastar era el mismo que me costaría un hotel.

Primer día de viaje. 


Galicia-Irún en bus nocturno.


El bus nocturno fue la opción escogida porque no había trenes nocturnos en el tramo de Galicia a Irún ni tampoco de Hendaya a París. La única opción viable era que hiciese un trasbordo a las cuatro de la madrugada en mitad de Castilla y llegase a Irún por la mañana. Dado que el precio, con el descuento de InterRail, era parecido al del autocar, opté por la comodidad del bus, que empleó 15 horas de viaje y me costó 62 euros (aunque con un trasbordo, me habría salido por 51 euros, con el riesgo de perder el viaje si el bus llevaba retraso, lo cual era altamente probable).

La anécdota del viaje fue que el bus tuvo un retraso de tres horas por una avería mecánica a la salida de Oviedo y a escasos kilómetros de Gijón. El autocar quedó varado en un arcén a medianoche hasta que llegó el bus de repuesto.

En el autobús viajaba en la parte trasera una adolescente que no paraba de hablar con sus amigos por el móvil sobre unas fiestas a las que iba, así como temas personales con su novio. Hubo pasajeros que le mandaron bajar la voz.

La mayoría de los pasajeros se bajaron en Bilbao y San Sebastián. Muchos iban a hacer transbordo hasta Pamplona.

Llegué a Irún sobre las 8-9 de la mañana. La parada está en una acera cerca de la estación de tren de Irún, en el centro de la villa, metido en un callejón, donde hay una iglesia.

Segundo día de viaje.


Irún-Hendaya-París-Lille-Bruselas-Lieja


Pregunté al conductor cómo se iba hasta Hendaya para tomar el tren veloz TGV para Burdeos o París. Me dijo que al doblar la esquina había enfrente una parada del "Topo", un metro que une varios pueblos de Guipúzcoa con Hendaya. La parada es la de Irún-Colón. Pagué sobre 1,6 euros y esperé unos 10 minutos hasta que llegó el convoy. El tren pasó el puente internacional y en apenas unos minutos ya estaba junto a la Gare de Hendaya,

Como ya iba mal de tiempo a causa del retraso, tuve que renunciar a parar dos horas en Burdeos y lo dejé para la vuelta. Decidí seguir hacia París.

Entré en la estación de Hendaya y en las taquillas me atendieron en español. Un tren salía para París en solo 25 minutos y me cobraron 18 euros de suplemento porque era un TGV. Otros mochileros que no querían pagar suplemento, tuvieron que esperar por un tren regional TER a Burdeos, que tampoco es que haya muchos.

En el TGV, viajaba un matrimonio de emigrantes de Irún con un bebé que ahora vivían con una prima en la Costa Azul, donde decían que había más trabajo que en España, donde ya  no era posible encontrar nada.

También iban dos vecinas de un pueblo vasco a hacer una excursión de una semana a la isla de Ré, que aunque lloviese al menos se tomarían unas cervezas. Una se tapó la cara con una chaqueta gran parte del viaje para dormir mejor durante el trayecto. Se apearon en Burdeos para seguir rumbo a La Rochelle, a donde llegarían a primera hora de la tarde.

El tren tardó casi tres horas en llegar a Burdeos, pasando por San Juan de Luz, un sitio con un río y veleros que parecía agradable y con mucha luz, y Bayonna. De Burdeos, hay que destacar el gran puente sobre el río y las torres de la catedral.

El paisaje a París es llano, con inmensos campos verdes. El trigo ya había sido recogido.
Por el camino, di cuenta de mi primer sandwich que había preparado para el camino. Me llamó la atención que los pasajeros franceses nunca devoraban su bocadillo entero sino que solo comían la mitad y dejaban la otra mitad para más adelante. Alguno iba cargado con una botella de 2 litros de Coca-Cola, de la que dio rápida cuenta.

Llegué sobre las 2-3 de la tarde a la Gare de París de Mompartnasse, tras un palizón  de casi 6 horas.
Me sorprendió que en la estación hubiese un pianista tocando y unas máquinas en la que los usuarios pedaleaban para recargar su teléfono móvil.
 Inmediatamente, me dirigí al metro para comprar un billete en las máquinas automáticas que me costó 1,7 euros. Tomé la linea rojiza-marrón que conduce a París Nord, estación de la que parten los trenes hacia Bélgica. El trayecto duró entre 20 y 30 minutos porque hay que pasar unas ocho estaciones.

En París Nord había muchísima gente. Fui a las taquillas, a un lugar especial situado al fondo donde atienden a los mochileros de InterRail para hacer las reservas. Había cuatro chicas que parecían valencianas y otros extranjeros. Cuando me tocó mi turno, le dije al taquillero que quería coger el próximo tren para Bruselas pero me dijo que estaba todo completo hasta dos horas después y que, además, tendría que hacer trasbordo en Lille. En total, me costaría 27 euros de suplemento. No había otra opción (sí la había, como descubrí después).
 Le pedí que me buscase una conexión a Lieja, donde había reservado el albergue. La respuesta fue que el tren era "free" sin pagar suplemento y que llegaría a las 23.54 horas, según me anotó.
Como el albergue avisaba de que cerraba sus puertas a las 22.00 horas, tuve que escribirles un email para avisar de mi retraso y luego les llamé. El tipo que me atendió me dijo que no me preocupase, que estarían abiertos hasta tarde (luego sabría por qué).

En torno a las 5, embarqué en un tren de alta velocidad hacia Lille. Tardó bastante en salir la plataforma en la que estaba situado. Iba a tope de gente. Me tocó uno de los últimos vagones.

El paisaje entre París y Lille era también llano y verde. El viaje duró sobre unos 40 minutos.

LILLE

La estación de Lille-Europe es supermoderna, con grandes cristaleras. Había otro pianista pero me di cuenta de que era un piano que todo el mundo podía usar mientras esperaba el tren si estaba aburrido. Primero un pasajero tocó una melodía decente y cuando se fue lo ocuparon unas chicas que se pusieron a aporrearlo. También había un recargador de móviles a pedales.

Mientras esperaba el trasbordo para el tren veloz a Bruselas salí a dar un paseo por las inmediaciones. Me topé con una manifestación junto a un centro comercial y todo lleno de tanquetas de policía. Parecía una protesta laboral porque había una furgoneta de un sindicato repartiendo propaganda en las cercanías pero solo escuchaba la algarabía y no podía distinguir quien se manifestaba ni por qué.

Seguí hasta la estación Lille-Flandes (para trenes regionales) y pasé de largo hasta el centro. Había turistas, musulmanes paseando y, aunque ya eran las 6 de la tarde, todavía se veía bullicio en las calles del casco histórico bien conservado. En el centro, como no, había una tienda de Zara. Pero al dar la vuelta, las tiendas ya estaban cerradas. De regreso, entré en Lille-Flandes y, preguntando en información, me enteré de que había un tren de Lille a Lieja que era gratis para InterRail y que llegaba unos minutos después que la combinación que me habían dado en París-Nord. Para mi alivio, yo no llegaría a las 23.54 sino a las 22.54 (se habían equivocado al escribirme el horario), lo cual me daba un margen para buscar un bus hasta el albergue de Lieja o ir a pie, pues aún era una hora prudente.

Al volver a la estación Lille-Europe, me crucé con los manifestantes que protestaban antes. Eran musulmanes, en su mayoría, que pedían el cese de los ataques a los palestinos (por el conflicto surgido en verano entre Israel y Gaza, con miles de víctimas civiles). Portaban banderas de Palestina.

Finalmente, tomé el tren veloz de Lille a Bruselas (9 euros, de los 27 que previamente había pagado de suplemento).

BRUSELAS

El paisaje de Bélgica era una gran planicie en la que destacaban en la lejanía sus pueblos con las iglesias con altos tejados en picado.

Hubo algo que me llamó la atención al cruzar la frontera de Francia-Bélgica y fue que, a un lado de la vía de tren, a mano izquierda, se alzaban dos grandes lomas de forma piramidal, en medio de la planicie, como si fuesen dos montículos de tierra. No puede evitar pensar en la zona de Avebury-Stonegenhe-Malborough (Inglaterra) y sus montículos de tierra artificiales creados por las tribus neolíticas.

En Bruselas, llegué a la estación Midi. Como ya había estado otra vez, fui a ver el gran cartel de Tintín que cuelga en una de las salidas. Esperé en el andén hasta que vino el tren regional hacia Lieja. Los vagones, algo desvencijados y con paneles y espejos, iba casi vacío, con viajeros con maletas o empleados que volvían a casa. Cuando llegó la revisora, presenté mi billete InterRail Global, sin más.

El tren circuló lentamente cuando había caído la noche y por estaciones con aspecto fantasmal. Había un ambiente triste. El tren paró en Leuven (Lovaina), último sitio donde hubo algo de movimiento en los andenes.

Me tomé el último sandwich que llevaba desde España y unas onzas de chocolate.

LIEJA

Llegué puntual a la moderna estación Guillemine, diseñada por el arquitecto Calatrava. A la salida, por suerte, aún había servicio de bus, y esperé por el número 4 que me llevó al albergue de la IYH. El autocar cruzó Lieja de noche, pasó dos ríos, y se adentró en el casco urbano, donde había gente aún en las terrazas de los bares. Al preguntar por mi parada, el joven conductor me contestó en español y sonrió. Supuse que era un emigrante en Bélgica. Caminé hasta el albergue por calles solitarias pero, cual fue mi sorpresa, cuando al llegar al IHY había una multitud por las aceras y sonaba un concierto de rock en el interior.

En recepción me atendieron rápido. Pagué por adelantado un total de 48 euros por dos noches en habitación de literas para cuatro personas.

En el interior, unos organizadores de la fiesta, que iban vestidos con una camiseta verde y eran españoles, me tradujeron una frase que no entendía sobre una norma del alojamiento sobre la devolución de las sábanas a la salida.
Aunque había fiesta, estaba tan cansado que me fui a dormir con el ruido de fondo de un concierto de rock. La habitación era de cuatro literas pero solo había otro ocupante, que llegó al terminar la música. En apenas 27 horas, había recorrido 1.800 kilómetros en bus y tren.


Tercer día de viaje.

LIEJA

Fue el primero en levantarme del albergue y llegué el primero a desayunar a las 7.30 horas. Había Kellogs, tostadas, mantequilla, una especie de paté, mermelada de fambruesa asi como mortadela y queso. Tomé energías para empezar bien la mañana.

El plan del día iba a ser relajado. Haría una excursión a Luxemburgo y si me sobraba tiempo, iria a Rotterdam, en Holanda, aunque lo veía poco probable por falta de tiempo. Otra alternativa era terminar la tarde con una visita a Lovaina.

Salí temprano hacia la estación de Guillemine. Era un día nuboso e incluso hacía frío. Mi destino era Luxemburgo. Hasta las 9.00 no salía ningún tren y paseé por las cercanías de la estación, un barrio degradado que van a rehabilitar. Había poca gente por la calle y las casas parecían vacías. Destacaba una casa-restaurante llamada Chez Madam Pita, especializada en pitas, ese tipo de pan oriental que rellenan con verduras o carne. Tenía un menú completo de variaciones.

Dentro de la estación, una oficina ofrecía publicidad sobre las conmemoraciones de la Primera Guerra Mundial, que sufrió Bélgica en primera línea. La ciudad estaba repleta de carteles de homenaje y de memoria ahora que, en agosto, se cumplían los 100 años del conflicto. Fotos de bomberos de Lieja y otros cuerpos de milicianos ilustraban los escaparates. Resultaba difícil entender como aquella gente, vecinos de Lieja de lo más pacíficos, de un dia a otro se habían visto inmersos en un conflicto de tal magnitud. Uno no dejaba de sobrecogerse al ver aquellas fotos de hombres corrientes metidos en una guerra a escala industrial. Carne de cañón.

La espera se hizo larga y me arrepentí de haber madrugado tanto. Al subir al tren, anoté en mi ticket de horarios de InterRail el trayecto a Luxemburgo. Cuando llegó el revisor, presenté mi billete InterRail Global, sin más.

A la salida de Lieja, como en el resto de Bélgica, me fijé en que todas las casas tenían un patio interior en el que amontonaban todo tipo de artilugios. Era tal la variedad de objetos en aquellos jardines que estaba para foto. Sin embargo, las viviendas se veían desvencijadas, algunas pintadas con grafitis.

En el tren, un pasajero conversaba en inglés con una familia camboyana (que vivía en Hanoi, en Vietnam).

LUXEMBURGO

La ruta hasta Luxemburgo fue animada por un paisaje montañoso, ya al poco de salir de Lieja. Había verdes prados con vacas en el valle que atravesaba el tren entre montañas, lo que antes era el Camino Español que seguían los tercios de Felipe II para llegar a Flandes. Al contrario de lo que me imaginaba, las casas de Luxemburgo no eran precisamente de aspecto rico. Eran grandes pero parecían gastadas por el tiempo, algo inaudito si se tiene en cuenta que es uno de los países con mayor renta por cápita del mundo. En algunas cimas, asomaban castillos que en su día protegieron este importante paso.

Al apearme en la estación de Luxemburgo, observé a varios turistas asiáticos que fotografiaban el techo del hall. Este estaba decorado con bonitos dibujos de un sol y estrellas.

Consulté los tablones informativos para saber los trenes de vuelta. Había uno de las 15.15 horas que me daba margen para ver la ciudad durante unas tres horas, tiempo suficiente.

La ciudad de Luxemburgo estaba bien cuidada. Lo que más me impresionó fue que el casco antiguo estaba situada sobre una roca (Le Roch) o cima rodeada por un río. Parecía un bastión inexpugnable. Las calles comerciales estaban animadas pese a la leve lluvia. Hice cola en una tienda que vendía a los viandantes distintos tipos de perritos calientes (3 euros). Los clientes eran variados, desde obreros a ejecutivos o secretarias. La salchicha iba acompañada de tiras de cebolla. Con esa vianda recargué energía.

Tras cruzar la zona moderna de negocios y tiendas, pasé un gran puente y entré en la zona antigua. El primer monumento de interés era una catedral con tejados en punta que recordaban a un castillo de los Cárpatos. Sin embargo, los autocares de turistas estaban situados enfrente, junto a una estatua, en un mirador desde el que se divisaban fortificaciones entre acantilados, un parque en el que corrían deportistas madrugadores y todo ello flanqueado por banderas tricolores de Luxemburgo.

Siguiendo las señales, me adentré en la bulliciosa zona de tiendas del casco antiguo. Cientos de paraguas colgaban del aire como decoración. Las tiendas eran de firmas de lujo: Gucci, Cartier...
 Aquella debía ser la milla cero. Pasé un teatro medieval, que estaba considerado una de las joyas de la ciudad, el Palacio del Gran Ducado, con las garitas vacías de los guardias de honor, y entré en una plaza donde estaba la oficina de turismo, cafés y bancos donde algunas empleadas y excursionistas almorzaban con un sandwich. Obtuve un plano gratis, me senté en un banco y abrí la última lata de Coca-Cola que había traído para el viaje. Al salir me encontré con cuatro hombres que cantaban ópera en la calle.

Mirando el mapa, descubrí que había zonas de gran interés alrededor del río. Bajando por una callejuela llegué a lo mejor de Luxemburgo: Le Roch, un sistema amurallado que creó un príncipe que compró en el año 900 y pico una gran roca que fortificó hasta hacerla inexpugnable. Y doy fe de ello, al menos era una pared vertical de roca de 100 metros o más, en la que habían construido una red de grutas para vigilancia y por las que asomaban turistas. Las murallas son Patrimonio de la Humanidad (la entrada a las criptas y pasadizos cuesta sobre 10 euros).

Desde la roca, la vista estilo nido de águila es impresionante. En el valle que se avista debajo pasa el río de color verde-parduzco, un puente flanqueado por las ruinas de dos torres y destaca, en un barrio, el tejado en una aguja increíblemente punzante de una iglesia, que domina el paisaje. También se ve pasar a los trenes por un acueducto.

La ciudad estuvo en poder de Felipe II (como Gran Duque) y abrió una puerta que aún se conserva. Bajé hasta unas casas-fortines que hay en el río, a un kilómetro, pero esa zona ya no era frecuentada por turistas. Me sorprendió que los vecinos tuvieran un huerto en medio del puente, pues su finca invadía casi el paso.

La vuelta hacia el tren fue a toda prisa, siguiendo el trazo de las murallas. Realmente, Luxemburgo me pareció impresionante. Cuando solo estaba a 100 metros de la estación, cayó un chaparrón de los gordos. Saqué el paraguas y llegué hasta la estación, donde la lluvia golpeaba el tejado de forma exagerada.

Antes de irme, en un kiosko compré un "panini" de jamón y queso por 2,89 euros pero, la dependienta me preguntó si lo quería "crú", supuse que era el jamón serrano, y me cobró 4 euros. En una tienda de souvenirs de la estación, me llevé como único recuerdo un figura de imán de Luxemburgo.

En el tren, me senté en un sitio libre junto a un matrimonio. Eran portugueses y la mujer le reñía al hombre porque iba con la camisa y los pantalones desarreglados. El hombre gruñó. Tras adecentarlo, se apeó y se despidió de la mujer, que luego se apeó unas paradas adelante. Frente a mí, se sentó una pareja africana que se apeó en la siguiente parada.
Cuando llegó la revisora, presenté mi billete InterRail Global, sin más.


LUXEMBURGO-LIEJA

El viaje de vuelta fue por los mismos pastos verdes, montañas y castillos. Tenía mejor pinta que por la mañana, porque abrió un claro.

Como detalle curioso, las vacas que pastaban en los prados huían despavoridas y dando saltos cuando pasó cerca el tren. Me pregunté cómo podía ser que no se hubiesen acostumbrado al continuo tránsito de convois siempre a la misma hora.

LIEJA

Tras llegar a Lieja, vi que me daba tiempo, y tras consultar los paneles, tomé otro tren a Lovaina. E


LIEJA-LOVAINA

El convoy pasó por un sitio llamado Landas que me recordaba a El Perro de Flandes. En los inmensas planicies destacaban las puntiagudas torres de las iglesias. Había muchos caballos en las fincas.

Un detalle me llamó la atención y es que dos conejos corrían a agazaparse en sus guaridas cuando oyeron al tren. Solo había visto conejos silvestres en Inglaterra el año pasado.

LOVAINA

En Lovaina (Leuven), los carteles de la estación estaban en flamenco (parecido al alemán). Comprobé que disponía de una hora para visitar la ciudad antes de tomar el tren de regreso a Lieja.
Ya era casi de noche. Al salir, mi sorpresa fue que la estación prácticamente estaba en el centro, en la calle más comercial y de tiendas. Un cartel señalaba directamente a un bar de Stella Artois, la cerveza del lugar.

La calle comercial era de tráfico reducido y circulaban muchos ciclistas. Como curiosidad, todos llevaban unos morrales en la parte trasera de las bicis, por cuya decoración y colores se podía deducir el perfil del dueño, generalmente estudiantes ya que se trata de una ciudad universitaria con mucho ambiente y buena atmósfera. En apenas quince minutos llegué al corazón de Lovaina, compuesto por unos antiguos edificios civiles y la catedral, todos muy bien conservados. Algunas fotos antiguas mostraban los estropicios causados por la Gran Guerra (1914-1918) y cómo se había llevado a cabo la rehabilitación. Nuevamente, me sobrecogieron los rostros del cartero y otros funcionarios que habían sido alistados urgentemente para defender la ciudad o recoger los escombros que quedaron de antiguos edificios.

Tras pasar por la plaza de la Universidad entré en la callejuela de los bares, poco llenos a la hora de la cena, y a una plaza que fue cortada porque esa noche iba a haber allí un concierto. Anochecía y regresé camino de la estación. Me llamó la atención, al igual que a otros turistas, una original estatua de cobre de un joven que leía un libro y le entraba una cascada de agua por medio de la cabeza.

Tras cruzar por la calle comercial, pensé que Lovaina era un sitio tranquilo para vivir, sobre todo si uno era estudiante o profesor. Me pareció todo muy cuidado.

LIEJA

Al regresar a Lieja, me encontré con que miles de personas invadían las inmediaciones del albergue. Había puestos callejeros de "chupitos" por toda la manzana, así como atracciones de feria. Al parecer, celebraban las fiestas de Santa Mary. En el propio albergue de la IYH seguían con otra tanda de conciertos y cientos de personas ocupaban el patio con una cerveza en la mano. Pensé que "si no puedes con ellos, únete a ellos".

Subí a la habitación y, al poco, apareció el otro ocupante, que resultó ser un joven de Atenas, en Grecia, que estaba de vacaciones y que entró en el cuarto a recargar su móvil. Otra de las literas también parecía ocupada. Preparé la mochila para dejarlo todo listo para el día siguiente y salí a dar una vuelta por la fiesta.

En el hall, donde daban el concierto de rock, no se podía entrar en los baños si no se pagaba 0,50 euros a una limpìadora. Estaba lleno de visitantes que iban al concierto o de gente que paseaba por la calle viendo los puestos de "chupitos". Pedí una Coca-Cola en el chiringuito de la organización del concierto pero no lograba entenderme con la dependiente, que lucía una camiseta verde, que me decía que tenía que pagar un euro por usar un vaso de plástico y que si lo devolvía me reintegraban el dinero. Finalmente, la joven, de pelo negro y tez clara, me preguntó en inglés qué idioma hablaba, le dije "Spanish" y me contestó entre risas: "tienes que pagar un euro por el vaso". Sus compañeros, que ayer me habían traducido una frase, servían las copas al lado.

Paseé casi dos horas paseando por los puestos callejeros, donde servían "chupitos", sandwiches, perritos calientes. Había comida china e incluso vasca. Eran decenas de calles iluminadas con bombillas festivas, con música a tope y ocupadas por una multitud que daba bandazos, tanto de gente mayor como pandillas de jóvenes y adolescentes. No recuerdo haber visto una fiesta tan multitudinaria. Al parecer, lo organizaban los comerciantes del casco antiguo y pensé que en España las fiestas solían ser cosa municipal, sin apenas iniciativa privada. En el patio de un teatro, un grupo de musicos con trompetas y clarinetes lo daba todo. Muchas chicas lucían unas antenas rosas de peluche, como si estuvieran de despedida de soltera. Tras dar un paseo, me decidí por tomar una salchicha a la brasa con tomate y pan por 3 euros.

Aún pasé un rato más de paseo, volví al concierto del albergue y, finalmente, me di por vencido y me metí a dormir a la litera. Sería medianoche. Poco después llegó el griego. Pero fue difícil pegar ojo porque la música sonó a tope hasta altas horas de la madrugada, con grandes éxitos rockeros de los 60, incluida Tina Turner. Aún hubo una hora más de murmullos y sirenas de policía.

Con tanto ambiente festivo, me pregunté si quizás  mañana sería festivo y tendría pocos buses para llegar a la estación. Mi siguiente destino era Colonia y, si era posible, llegar a Rotterdam. En todo caso, esa misma noche tendría que tomar un bus nocturno a Londres, y ni siquiera había comprado el billete. Tras hacer mil y un cálculos no veía modo de cruzar de Calais a Dover en tren y ferry nocturno porque el último tren de Lille a Calais era a las 19.15 horas, según había visto antes.

Puse el despertador para las 7.45 horas, que me pareció un superlujo de tiempo para dormir.


Cuarto día de viaje

Lieja-Aachen (Aquisgrán)-Colonia-Bruselas-Londres

A pesar de haber madrugado, esta vez el comedor del desayuno estaba repleto de gente. Había un numeroso grupo de estudiantes que hablaban francés y que llevaban en la cabeza un moño cubierto con una tela blanca. Habían agotado las tostadas y tuve que esperar turno para la siguiente ronda.

Entregué al empleado de las oficinas mi llave automática y me despedí. Fuera llovía y me puse el canguro impermeable. Empezaba una larga jornada.

El día no arrancó bien. Como había supuesto, era un día festivo después de la juerga del día anterior. Las calles habían vuelto a la normalidad. En la parada de bus esperé 15 minutos por el bus.

Tras consultar los horarios en la estación Guillemine, opté por parar en Aachen (Aquisgrán) para hacer una excursión y ver algunos restos arqueológicos romanos. Aquisgrán era una importante ciudad alemana que fue sede del emperador Carlomagno. Mi idea era parar una hora y seguir para Colonia, destino final de la jornada.

Nuevamente, subí al tren, busque un sitio con buenas vistas y cuando pasó el revisor le mostré mi billete de InterRail, con la fecha del día cubierta. Lo ticó y siguió adelante. Al abandonar Lieja me fijé en una torre y una cúpula detrás de Guillemine que resultó ser un monumento a los caídos en la Primera Guerra Mundial.

AACHEN (AQUISGRÁN - AIX-DE-LA-CHAPELLE)

El viaje fue rápido. Pero en Aachen mi "planning" se complicó porque la estación central la Bauhbanhoff (BH) estaba a varias manzanas del centro. En una tienda vi postales y me fijé en los monumentos principales. Me llamó la atención una puerta-fortín de estilo medieval, el Pontdoor, o algo así, y me propuse visitarlo al creer que era una ruina romana. Al salir, vi un cartel que indicaba hacia la Ópera pero no le hice caso, preferí seguir mi olfato y me guié por el campanario de una iglesia que, después de todo, no tenía interés y, tras consultar unos carteles de tráfico, me di cuenta de que tenía que ir en una mala dirección, Mi razonamiento fue que los romanos, por lógica, habrían construido su fortín en lo alto de una loma y yo iba cuesta abajo todo el rato. Vagué sin rumbo cuesta abajo pero llegué a un barrio moderno. Había muchos negocios y parecía tener una buena economía, aunque la ciudad quizás hubiese tenido momentos mejores.

Recalé en una iglesia relacionada con Carlomagno y donde construían un gigantesco aparcamiento subterráneo y centro comercial. Caminé por una calle de tiendas y, gracias a los carteles, llegué al centro de la ciudad, que efectivamente estaba en lo alto de una loma. Allí encontré un recinto acristalado con restos de asentamientos del paleolítico, romano y medieval. La catedral estaba al lado y, desde fuera, destacaban sus altas torres y picos. Sin embargo, para entrar cobraban entrada (puede que 10 euros) y desistí (luego, por postales, vi que merece la pena la visita porque sus arcos son románicos y conservan sus pinturas de color ocre y blanco, lo que no es fácil de ver porque la mayoría de las catedrales han perdido sus pigmentos). Decenas de turistas, muchos jubilados, se agolpaban para tomar fotos y vídeos de la catedral.

En las inmediaciones, había un museo con una exposición monográfica sobre Carlomagno. Cerca, un cartel señalaba la calle Jakobus, y pensé que a lo mejor era una de las rutas del Camino de Santiago. En un cartel en la plaza del Rauhaus (Ayuntamiento),  observé que aún me quedaba un buen trecho para ver la puerta romana (la Pontdoor). Me adentré en un barrio moderno y entré en calles universitarias, con bares para estudiantes, restaurantes griegos, turcos, italianos y una panadería gigante. Se trata de una cadena alemana fundada a mediados del siglo XIX y que tenía unas estanterías altas repletas de todos los tipos de pan imaginables que brillaban como el oro. Sería como la "Granier" española, pero 3 o 4 veces mayor, y solo para despachar pan.

Por fin encontré la famosa puerta Pontdoor pero su aspecto parecía más medieval que romano. Estaba muy bien conservada, con sus rejas en las puertas, el foso, las barandillas pintadas de rojo reluciente y escudos nobiliarios. Finalmente, me desengañé, la puerta fue levantada en época medieval, yo la había confundido con la Porta Nigra de Triers (Tréveris).

Tras el chasco, volví para la estación a través del bullicioso barrio universitario. Llegado un punto, me di cuenta que me había perdido y le pregunté a un estudiante pelirrojo barbudo dónde estaba la estación BH pero él solo acertaba a decirme que a escasos metros tenía la West Banhoff, que resultó que nada tenía que ver y que estaba en el otro extremo de la ciudad. Tuve que desandar toda la ciudad hacia atrás, atravesando el campus de la Escuela Técnica. Me di cuenta de que era extraño que en la época del año en la que estábamos, la Universidad estuviese repleta de estudiantes, incluso se veía gente sentada en la clase o la biblioteca, otros circulaban en bici totalmente absortos en sus ocupaciones. Al parecer, en Alemania empiezan antes las clases que en España.

La visita al Pontdoor me sirvió para comprender cómo era la ciudad: se trataba de un montículo central (donde estaba la catedra), un foso circular y otro anillo o loma (donde estaba la puerta y el barrio universitario en un extremo y la estación BH por otra). Realmente, el sitio tenía que ser muy antiguo porque me recordaba a las tumbas megalíticas de Stonegenge o Malborough, o incluso al castillo de Cardiff (un montículo central rodeado de una loma circular).

De vuelta a la estación, que me supuso un largo trecho, llegué a la plaza de la Rauhaus y la Catedral. Me llamó la atención una tienda de modelismo que exponía una maqueta ferroviaria con montañas, puentes y casas. Pasé por la Ópera cuyo cartel había visto antes y, al fin, encontré la estación. Había perdido tres horas en Aachen.


COLONIA (KÖLN)

Pronto tomé el siguiente tren para Colonia. En el viaje me quedé algo dormido y no atendía al paisaje. No hubo nada que me llamase la atención. Al apearme, miré por el cristal del vestíbulo y me topé con la catedral de Colonia en mis mismas narices. Habían puesto la estación a 100 metros de la descomunal iglesia. Sus escaleras estaban repletas de turistas mientras que ciclistas-taxistas esperaban que llegase algún pasajero.


Pero primero debía resolver gestiones. La primera era comprobar en qué lugar de Bruselas, a donde tenía que llegar antes del anochecer, vendían billetes de Eurolines para viajar a Londres. Por suerte, la estación de Colonia tenía un aparato que te permitía navegar por Internet 3 minutos a cambio de 0,50 euros, lo mismo que costaba entrar en los aseos de McClean, situados en frente (una ducha salía por 7 euros). Entré en Internet y localicé que Eurolines tenía un despacho en la estación ferroviaria de Bruselas-Midi aunque los autocares partían de Bruselas-Nord. Solo tenía que pasarme por allí a comprar el billete. Por lo menos, tenía resuelta esa incógnita. Me fijé en una urna que contenía otra maqueta de tren que te dejaban manejar si insertabas 1 euro.

Aproveché para ir al aseo pero mi mochila se quedó atascada en las barras de acceso. Tiré con fuerza y cuanto más tiraba, más atrapado quedaba. Oí la voz de una mujer que gritaba algo en alemán, como dándome a entender que levantase la mochila, lo que prefirió hacer ella misma, que me liberó al segundo. Agradecido, me giré y le dije sonriente: "Danke schon", pero ella me devolvió el saludo en tono áspero. Pensé que, a lo mejor, tras cuatro días de viaje, tenía malas pintas, quién sabe.

Mi principal preocupación en Colonia era buscar el modo de volver a Bruselas porque esa noche debería tomar un bus nocturno a Londres, ya fuese desde la capital belga o desde París. Se me ocurrió preguntar en información por el Thalys, el tren veloz entre Colonia y París, una forma rápida de sacarme de Alemania. Un empleado, al oír mi pretensión, levantó una ceja, torció el gesto y me remitió a una oficina lujosa situada en el exterior de la estación. Olía a moqueta nueva, como las salas vips, y al entrar me crucé con una ejecutiva de blusa y falda que salía a paso ágil con una maleta supongo que llena de documentación. Me dio la impresión de estar en el lugar equivocado. Los dependientes parecían sacados de una pasarela de refinados modelos. Mis pintas, cargado con una vieja mochila, un morral recosido y una bolsa de supermercado no eran la mejor presentación para obtener plaza en el tren ultraveloz. Expliqué a un dependiente que tenía el billete InterRail y pregunté cuánto me costaría el suplemento para salir en el siguiente convoy. El hombre consultó su base de datos y dijo: "130 euros, deberías haber reservado antes". Creo que una azafata que había al lado tosió como diciendo: "Cómo te quemas, tío". Pregunté cuanto me costaría ir a Bruselas. Me salía por 50 euros. Me lo pensé y desistí. Tendría que buscar otra manera, quizás volver a Lieja en el mismo tren Intercity que había tomado al venir. Salí de la lujosa oficina sin decir nada, como un tipo derrotado.

De camino a la estación me pregunté por qué la UE había destinado millones de euros a construir una red de alta velocidad para el Thalys, que yo y el resto de los ciudadanos pagamos con mis impuestos, para que solo lo pudiesen disfrutar aquellos que pudiesen pagar 200 o más euros por un billete. Parecía como si el dinero fuese a construir lujos que solo iban a disfrutar los más pudientes. Me pregunté porqué no haber invertido en un Thalys veloz para todos los públicos y no solo para ejecutivos que tenían prisa por llegar a Bruselas o París. Había algo en todo aquello que no encajaba.

Miré en los paneles de la estación y encontré el tren que me devolvería a Lieja. Si el tiempo se me echaba encima, tendría que volver al albergue a pedir cama, si es que quedaban plazas. En fin, tenía sobre hora y media para visitar Colonia.

Lo que más me sorprendió fue el ambiente que había en los alrededores de la catedral. Estaba repleto de turistas. Entré en el templo e, inmediatamente, me quedé perplejo por la altura del edificio y de sus vidrieras coloreadas de azul. El crucero era increíblemente alto. La entrada era gratuita y unos monjes vestidos de rojo se prestaban a resolver dudas. Los visitantes no hacían más que mirar asombrados hacia el tejado, inalcanzable. Pensé que la visita a Colonia había sido corta pero había merecido la pena solo con ver aquella espectacular obra arquitectónica, casi de vértigo.

Tras dar un paseo por la plaza y sacarle unas fotos a unas ruinas romanas, me encaminé a la calle comercial, la primera de frente. Estaba llena de comercios de tecnología, como Mediamark, o de moda, como Zara y H&M. Apenas se podía andar de la gente que llenaba aquella vía. Me detuve en una panadería, rebosante de todo tipo de panes, para probar un Preezel (un pan en forma de ocho con sal).

Vagabundeé por las inmediaciones de un museo arqueológico dedicado al pasado romano de la ciudad, en busca del centro histórico. Fui a la Rauhaus pero resultó ser un total fiasco. En ese momento había una boda, pero el edificio no parecía nada del otro mundo. Al lado, unas vallas protegían un área de excavación arqueológica en un guetto medieval judío. Pude entrever las estructuras de piedra, cubiertas por lonas. De vez en cuando miraba el reloj, porque me quedaban unos 40 minutos para que saliese el tren de Lieja.

Para atajar, pensé en rodear la catedral pero acabé en un puente de hierro completamente cubierto de candados que habían dejado los turistas, al estilo del Ponte Veccio de Florencia o uno que hay en el Sena, en París (¿será el Pont Neuf?). Y entonces vi el río Rin, que me pareció de color verduzco. La gente cruzaba al otro lado del puente para ver la orilla histórica de Colonia. Yo solo acerté a ver unas casas de color amarillo y blanco.

Me di cuenta de que el atajo no me llevaba a ninguna parte y que, por la hora, era imposible que llegase a tiempo a la estación. Había perdido el tren de Lieja. Regresé a la HauhBanhoff con calma para buscar alternativas. Pero tuve suerte. Preguntando, me enteré que además del Thalys existía otro tren, el ICE (el tren veloz alemán) que iba directamente a Bruselas (mi siguiente destino) y que no exigía pago de suplemento a los pasajeros de InterRail. Y para mayor suerte, el convoy, que ya tenía que haber llegado, venía con un retraso de 40 minutos. Así que me dio tiempo a ir a un restaurante de comida rápida y subir con el paquete al andén a esperar al ICE. En la plataforma, me cayeron unos patatas fritas al suelo y pronto una paloma apareció a darse un festín. En uno de los picotazos, la patata cayó a las vías, la paloma se pensó si bajar y desistió.

El ICE iba rebosante de pasajeros que corrían a ocupar los asientos sin reservar. Se sabía porque tenían un letrero digital apagado mientras que los reservados señalaba el tramo. El tren venía de Dortmund y pronto adquirió gran velocidad.
Una vez dentro del ICE me encontré con otros tres mochileros, todos sin plaza. Esperamos en la zona de equipajes a que todos los pasajeros ocupasen las plazas reservadas. Un letrero digital indicaba sobre el asiento el lugar de destino. Pasado un tiempo, un revisor que debía rozar la edad de jubilación y hacía encuestas a los pasajeros, me ofreció sentarme en un asiento libre. Me dijo: "Si pasados 25 minutos, el viajero no ha ocupado su reserva, usted puede viajar gratis". Así que feliz, disfruté de una butaca mientras el tren corría veloz hacia Bruselas. Pensé que una hora antes me veía atascado en Lieja y, por haber perdido ese convoy, ahora viaja mucho más allá a gran velocidad y supercómodo. Ocasiones como estas eran las que amortizaban el billete InterRail. Llegué a la conclusión de que el tramo París-Lille-Bruselas era un auténtico atasco ferroviario para quien no tuviese suficiente dinero y para los interraileros. Era un tramo ruinoso para el bolsillo del mochilero vagabundo.


BRUSELAS

Por mucho que la pinten, Bruselas siempre parecerá una ciudad gris y apagada. Los carteles que hace 20 años avisaban contra los "pickpockets" (carteristas) seguían pegados a las columnas de la estación. Dudé en si bajarme en Bruselas Nord o en Midi pero opté por esta última porque la oficina de venta de billetes de bus a Londres estaba en una calle cercana.

Pero por muchas vueltas que di, no encontré dicha calle donde Eurolines vendía los billetes a Londres. Me topé con los autocares de Ryanair que van al aeropuerto de Charleroi y los de ID que cobraban unos 35 euros por ir a París. Pensé que esa podía ser una buena solución pero  no me decidí. En una de las salidas de la estación, había un edificio de cobro de pensiones y cuyas escaleras estaban ocupadas por indigentes que tomaban una bebida fría o un caldo de sopa (días después volví por el mismo lugar, y la escalera estaba despejada). Finalmente, me encaminé hacia una noria que había en una avenida principal pensando que quizás estuviese allí el despacho. En ese momento, un turista japonés (seguido detrás por su esposa) que caminaba con una bolsa llena de latas de cerveza gritó algo y persiguió a un africano alto con una mano vendada que se reía y le hacía señas sonriente para avisarle de que no había sido un intento de robo sino una broma graciosa.

Fue en ese momento cuando vi pasar delante de mi un autobus de Eurolines, que quedó atascado en un semáforo. Crucé el paso de cebra mientras le hacía señas al conductor. Este me abrió la puerta y le pregunté si iba a Londres. Me dijo que sí, se encogió de hombros y me invitó a subir. Decliné el ofrecimiento porque lo que me interesaba era viajar por la noche. Me confirmó que los buses salían desde  la estación Nord y que allí vendían billetes. Suspiré aliviado. Cuando se marchó el autocar, me encontré con una tienda con la verja cerrada que ponía: "Eurolines. Hoy cerrado. Diríjase a Estación Nord".

Desde Bruselas-Midi pasaban cada cinco minutos trenes que hacían parada en la estación Nord. Esta era mucho más sórdida que la central y hasta daba miedo caminar por sus pasillos. Una docena de jóvenes pasaba la tarde practicando "break-dance" junto a unas cristaleras. Los despachos de Eurolines estaban situados en la parte baja y finalmente pude comprar el billete a Londres por 58 euros (incluye 5 de gastos de gestión). Salía un poco caro pero a la mañana siguiente estaría en Inglaterra.

Volví a la estación Midi y cené en la cadena rápida Quayk o algo así, que no he visto en España. Son los mismos sandwiches de otras hamburgueserías, el pollo estaba agotado, y una peculiaridad era que podías hacer "refilling" (rellenar) con los refrescos. Los clientes eran diversos, no había un perfil definido, desde una empleada de color muy elegante que consultaba su móvil, hasta un pasajero belga confiado que dejaba sus pertenencias en la mesa, gente joven, algún vagabundo, una familia de clase baja y otros mochileros.

El resto de la espera la hice en la sala de Eurolines en Bruselas Nord. Llegué justo cuando el sol se ponía sobre un estanque y nos rascacielos. Los pandilleros del break-dance seguían allí. Entre los viajeros que esperaban a hacer el chek-in había un británico de avanzada edad que coloreaba en un folio el dibujo de un pavo real, también dos jóvenes marroquíes, un matrimonio afrobelga y un hombre de negocios que parecía hindú. Me llamó la atención el chiringuito que había montado un empleado de Eurolines para vender chucherías. Era un cuarto de azulejos y mobiliario que recordaba a los años 60, desvencijado. El empleado, de unos 60 años, comía una sopa en un plato (seguramente calentada en un microondas) y seguía de reojo la televisión. De vez en cuando se levantaba para limpiar el baño o controlar que todo estaba en orden.

Tras recoger la tarjeta de embarque en el check-in, pudimos subir al autocar ya en noche cerrada. El autobús iba a tope. Delante de mí se sentaron los dos jóvenes marroquíes, cerca de una compatriota, mientras que enfrente viajaba un británico jubilado que pronto entabló conversación con una extranjera que residía en Bruselas. Entre el pasaje iban hombres de negocios que parecían de medio-oriente, alguno con americana y un gordo anillo de plata, e incluso alguna señora que tenía aspecto de monja francesa. Era un grupo multicultural rumbo a Londres, la capital más cosmopolita del mundo.

Durante la travesía, los dos jóvenes marroquíes pusieron la música tradicional a tope, lo que generó protestas desde los asientos traseros, y no paraban de bromear divertidos, haciendo chascarrillos de muy buen humor.

En un par de horas llegamos a Lille, donde un bus de ID recogía a pasajeros a la salida de la estación Lille-Europe antes de la medianoche. El bus recogió a una pareja y siguió hacia el puerto francés de Calais, donde había que pasar el control fronterizo. Había leído que los controles eran muy estrictos con cualquier viajero que hubiese llegado recientemente de África, por temor al contagio del ébola, una epidemia de un virus letal que asolaba ya países enteros como Liberia.

Quinto día

Londres-Brighton-Southampton-Winchester-Holyhead

(continuará)

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GREAT TRAVELLING BY COACH AROUND ENGLAND, IRELAND AND WALES (2013)

22 PLACES IN ONLY 10 DAYS


GRAN VIAJE EN BUS POR INGLATERRA, IRLANDA Y GALES (2013)


22 SITIOS EN SOLO 10 DÍAS

LONDON, SALISBURY, STONEGENGE, AVEBURY, BATH, BRISTOL, CARDIFF, NEWPORT, OXFORD, STRAFORD-UPON-AVON, BIRMINGHAM, DUBLIN, CORK, CARLISLE, NEWCASTLE, HEXAM, HADRIAN'S WALL, LIVERPOOL, MANCHESTER, LEEDS, YORK, LONDON AND CAMBRIDGE

by E.V.Pita (2013)

Link original:

http://greattravellingaroundengland.blogspot.com/2014/03/great-travel-around-england-wales-and.html

martes, 5 de agosto de 2014

Reportaje: globalización e industrialización mundial

Reportaje: globalización e industrialización mundial


Por E.V.Pita

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"Privatizaciones de los servicios públicos" (1991)


Ver texto original de este artículo en:

Publicada como opinión en la sección Cartas al Director de La Voz de Galicia

Autor: E.V.Pita (1991)

Fecha de publicación: verano de 1991

Título: Privatizaciones de los servicios públicos

La privatización de los servicios públicos está alcanzado su clímax tras la pólemica suscitada con el ayuntamiento de Xinzo de Limia que sustituirá al guardia civil y al policía municipal por guardias privados. Policía, correos, universidades y transporte municipal eran servicios públicos cotidianos que ahora son privatizados a toda velocidad. Este fenómeno es fruto del derrumbe del Estado asistencial o de Bienestar.

El Estado, desde 1930, trató de arreglar las injusticias sociales distribuyendo la riqueza a través de la declaracíón de la renta. Una política socialdemócrata y keynesiana que perduró hasta la crisis del petróleo en 1973. Durante la década de los 80, se evidenció la ruina económica del Estado que no rentabiliza unos servicios que el contribuyente disfrutaba gratis. Los ciudadanos protestaban por el mal funcionamiento de los hospitales, de los autobuses urbanos, de las carreteras, de las cárceles... Por eso, sonaron las trompetas liberales de la privatización.

El Gobierno conservador de Xinzo de Limia va con los tiempos. Los neoliberales Reagan y Thatcher fueron unos fanáticos de las privatizaciones aunque resultasen impopulares. La premier británica tenía como apodo demás de la Dama de Hierro el de "la Ladrona de leche" porque suprimió el tazón de leche de daban a los niños en las guarderías con la excusa de que "costaba 20 mil libras semanales". Reagan declaró insolventes los museos y los autobuses de su país. En Alemania, según denunciaba el periodista Günter Wallraf, las fábricas se están dotando de auténticos ejércitos privados para protegerse (y para "disciplinar" a los obreros inmigrantes).

Y en el estado español, el Ministerio de Sanidade quiere cobrar a los ancianos por sus medicinas y curaciones, e incluso aplaude la "eutanasia" como remedio para salir de números rojos. Y por encima, en Galicia salta el [entonces] presidente de la patronal con sus teorías [sobre flexibilidad laboral].

E.V.Pita , Santiago, 1991

Comentarios en 2013:

Pasados más de 20 años de esta carta al director, no parece que las cosas hayan cambiado mucho. Lo que eran propuestas de recortes en Sanidad son ahora cosas reales y el pan de cada día.
Los textos insertos en corchetes son aclaraciones del 2013 o sustituyen a las palabras originales, que he omitido.
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El texto original del siguiente artículo está en:

"Empresas occidentales en el Este" (1991)


Título original: "Empresas gallegas en el Este"
Autor: E.V.Pita
Fecha de publicación: 11 de octubre de 1991
Sección Cartas al Director de La Voz de Galicia

Émpresas gallegas en el Este

La "perestroika" triunfó y con ella las ideas de democracia y capitalismo. El Este europeo supone un suculento mercado de 320 millones de consumidores (siempre que tengan suficiente dinero para comprar manufacturas) que ahora se ve respaldado por la estabilidad política que representa el apoyo popular al tándem Boris Yeltsin-Gorbachov. Aún con riesgo de parece algo cinico, creo que las empresas gallegas, desde las conserveras a los vinos, se deberían informar para invertir en estos nuevos mercados antes de que se adelanten los americanos, alemanes y japoneses.
Una competición casi utópica, pero el dinero es el dinero y no se debe olvidar que estamos a vivir el clímax del neoliberalismo, de la ley de la demanda y la del máximo beneficio. El capitalismo sigue unas reglas de eficacia, información y fortaleza. Ya lo dijo Darwin en el siglo XIX en plena revolución industrial: "los fuertes ganan".
Algo en lo que, el hoy en día tan devaluado Karl Marx estaba de acuerdo. Aunque sea un consejo algo cínico y sospechoso de codicia sin escrúpulos, Galicia debe invertir y fomentar acuerdos comerciales en la perestroika. Como los demás países de Occidente.
E.V.Pita, 1991, Santiago de Compostela
Comentarios del 2013:
La realidad era más compleja porque Rusia tardó tiempo en convertirse en un libre mercado, la privatización fue lo que fue y era difícil hacer negocios seguros. Un año después visité Praga y me encontré comercios y tiendas con capital austríaco y alemán, fueron ellos quienes sacaron beneficio del Este, y americanos en Budapest.
Ni se me pasó por la mente que donde iban a estar los negocios era en China, como así se ha demostrado 20 años después.

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Viaje por USA en 21 días con 600 dólares (1) (2001)

La anécdota: en noviembre del 2000 y agosto del 2001 recorrí en bus Estados Unidos con 600 dólares en el bolsillo. Debido a que un mes después de mi retorno, ocurrieron los sucesos del 11-S, me di cuenta de que América no volvería a ser la misma que podría haber descrito al terminar el viaje. Sí mantuve una página web sobre el itinerario y contesté las consultas de algunos viajeros. El reportaje fue publicado en el 2008.


Enlace permanente:
http://reportajesdeevazquezpita.blogspot.com/2011/09/viaje-por-usa-en-21-dias-1-2008.html


Publicado en La Voz de Galicia, en la página 10 de LOS DOMINGOS DE LA VOZ |el 6 de enero del 2008

EN DIRECTO | UN PERIODISTA RECORRE EE. UU. EN LOS MÍTICOS GREYHOUND

E. VÁZQUEZ PITA | TEXTO Y FOTOS

América de costa a costa por 600 dólares

Estados Unidos es una ganga para los turistas europeos gracias al cambio del euro. Un periodista de La Voz se subió a un bus de Greyhound para visitar los mitos de América con 600 dólares en el bolsillo. Un viaje de este a oeste y de Tijuana a Canadá en 21 días.

En los últimos meses varios libros, como el premio Pulitzer La carretera, han revisado el mítico viaje de costa a costa. Otros autores reviven la ruta de Tocqueville, el jurista francés que escribió Democracia en América.

La idea de este reportaje era la siguiente: recorrer como un viajero independiente los Estados Unidos hasta sus fronteras con México y Canadá en busca de los mitos que han forjado el sueño americano. Entre las metas estaban la mansión de Elvis Presley, Hollywood, el
parque Yellowstone o rendir unhomenaje a J. F. K. en Dallas. Equipaje
ligero: una pequeña mochila con mudas y un neceser para aguantar 21 días de bus. Dinero escaso: 600 dólares (419 euros), lo justo para comer y pagar alguna noche contada en un albergue. Nada de lujos.

La línea Greyhound es reconocible por su logo del galgo, es la excusa perfecta para revivir las imágenes de películas de cine. El autocar presta servicio desde 1914 en 3.100 destinos a lo largo de
Norteamérica. Cada año viajan 22 millones de pasajeros, con una gran incremento de la población latina. El Discovery Pass de 30
días cuesta 522 dólares y permite moverse por todo el país y sus fronteras. Basta con esperar en la cola y mostrarle el pase al conductor. La estampa de los autobuses Greyhound surcando los parajes estadounidenses forma parte de la cultura «pop» del siglo XX, que todos hemos recibido a través del cine o la televisión.

Estados Unidos tiene algunas ventajas para los mochileros
independientes que quieren moverse de prisa y barato. Una de ellas es la red de lavanderías. El lavado del petate cuesta un dólar, más varios centavos extra por un sobre de jabón, y otro dólar por el secado
automático. Es posible comer un perrito caliente por un dólar, incluida la mostaza. La entrada en los museos y en algunos conciertos es teóricamente gratuita, pero lo «recomendable» es soltar diez pavos. Internet es gratis en las bibliotecas públicas.


El lugar de partida solo podía ser el kilómetro cero de Estados Unidos, la Casa Blanca de Washington. El viajero no ve a Bush, pero se topa con una protesta de los indios siux que han clavado sus tiendas en el campo del Obelisco. En el cercano museo de la NASA, hay oportunidad de ver el módulo Apolo que se posó en la Luna. Los mandos de la nave espacial se parecen a los de un Seat 600 y uno empieza a dudar de que realmente sea cierto que el astronauta Armstrong se atreviese a subir en aquel cacharro.

Llega la hora de mostrar al busero el billete Ameripass, que permite a los extranjeros viajar ilimitadamente con la compañía de autocares Greyhound por todo el país y sus ciudades fronterizas. Hay que esperar cola y competir con otros viajeros para conseguir un asiento. El turista paga la novatada, se queda en tierra y debe esperar al siguiente autocar.

Por el camino, parada en una gasolinera, donde una decena de camiones de largas chimeneas, auténticos dragones de acero, están aparcados con sus enormes trailers. Es el momento de tragar litros de café americano muy aguado y edulcorados con crema irlandesa. Funciona.

La siguiente escala es Nueva York. Lo primero de todo: entrar en el Starbucks de la Estación Central y pagar tres dólares por un café de verdad. La ciudad de los rascacielos es barata: se puede zampar uno una hamburguesa o un perrito por un dólar o leer gratis un libro en la
cafetería de Barnes and Noble.

Pero la factura sube con los caprichos: hay que desembolsar 45 dólares (9.000 pesetas al cambio del 2000) por una cerveza en la barra del Hotel Carlyle para oír al director de cine Woody Allen tocar su clarinete. A fuerza de palos, el turista ya ha aprendido a incluir en la cuenta un 10% de propina para el camarero. Un gesto que ayuda a los cazadores de autógrafos.

Otros 10 dólares van al tique para subir al Empire State Building, donde el gorila King Kong luchó contra los aviones, escena cinematográfica grabada en el imaginario colectivo.

Unas manzanas arriba, en la Up Town, está el centro del multimillonario Rockefeller y la torre Trump. Curiosamente, la asociación de mendigos ha colocado su puesto ambulante frente a la joyería Tiffany’s.

Un ferri lleva al viajero hasta la estatua de la Libertad, más pequeña que en las fotos. Tras subir las escaleras en espiral, decepciona la vista panorámica de un polígono industrial.

De vuelta, el buque hace escala en la isla de Ellie, la parte fea que nunca sale en los libros. Los inmigrantes que llegaban al país de
las oportunidades debían superar allí la cuarentena.

La siguiente escala es Boston. Es el momento de echarle jeta y
adosarse a un grupo de científicos de A Coruña, Valladolid y Argentina
que han alquilado un coche de marchas automáticas, lo más común en ese país. Por fin, algo de road movie.

En esta ciudad de estilo europeo, el objetivo es colarse en la Universidad de Harvard, donde se educa la élite mundial. Es fin de semana y no se ve ni un alumno por el campus.

Ya puestos, una escapada al MIT, uno de los más prestigiosos centros de tecnología. «Las fundaciones inyectan millones y los
proyectos salen adelante», cuenta un becario gallego.

Chicago, la ciudad del gánster Al Capone, es el siguiente destino.
El bus llega a una estación donde hace cola una familia amish, los
granjeros que viven como en el siglo XVII. Su férrea ética no les
impidió inaugurar en el centro de Manhattan una tienda de
productos artesanos.

En la misma estación de Chicago, un grupo de inmigrantes chicanos comentan que han cruzado el país y que ahora trabajan ilegalmente en una obra. «A unos amigos la policía les paró porque eran hispanos. Se creían que su coche alquilado era robado», dicen. Está
claro que el sueño americano solo es para unos pocos.

Curiosamente, en esta ciudad los mendigos no piden limosna sino que recogen las latas de aluminio tiradas en el suelo para revenderlas. ¿Tanto espíritu emprendedor será porque la [....]

Más adelante, se publicará la segunda parte del artículo.

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Singapur: el tigre que ruge más fuerte (2004)

Publicado en la sección de Economía de La Voz de Galicia, el 19 de septiembre del 2004

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Reportaje | Singapur, una economía en plena ebullición


El tigre asiático que ruge más fuerte
Singapur, con un crecimiento anual de su PIB del 12,5% no tiene nada que envidiar a otras economías asiáticas como China, que ponen de rodillas a los productores europeos.

E. Vázquez Pita
redacción

Podría ser una escena de la película Lost in Traslation. Imagine que usted mira por la ventana del piso 30 de su hotel, desde la que se divisan las siluetas de múltiples rascacielos rodeados de nubes
que anuncian una tormenta tropical. Insomne a causa del jet-lag, usted baja hasta el bar, donde canta una mujer oriental y un grupo de japoneses sigue las letras de un karaoke. Se acerca a la barra y se suma a otros hombres de negocios que hacen el stopover (escala con hotel) en Singapur. Allí oye uno de los chistes que resume la esencia de esta ciudad: «¿Sabías a qué edad se jubilan las azafatas de Singapur Airlines? A los 22 años».

Por algo, esta compañía aérea tiene fama de poseer una de las flotas más renovadas del mundo. La república del león dispone de 3.200 vuelos semanales que enlazan con 150 ciudades de 49 países y es base de 400consignatarias marítimas.

Su economía crece a un ritmo anual del 12,5%. Nada que envidiar a otros tigres asiáticos como China y Corea del Sur que ponen de rodillas a los productores europeos. Los negocios van viento en popa en esta isla-Estado que multa con 250 euros a quien ose arrojar un chicle masticado en sus impolutas calles.

Abierto las 24 horas
En esta ciudad de vigas de acero y hormigón prefabricado trabajan cuatro millones y medio de habitantes en horario de abierto las 24 horas y que disfrutan de una renta de 26.500 dólares per cápita.

Singapur, menos moderna que Honk Kong, puede presumir de que su PIB crece como la espuma: del 8% en 1995 ha pasado a un 12% este año. Los contenedores se amontonan en su puerto, mientras los rascacielos crecen como setas en la orilla del río. Su economía es tan dinámica como la de China o Corea. Sus astilleros están especializados en reparar buques y sus fábricas de automóviles figuran entre las diez más productivas del mundo. Además, la ciudad refina petróleo, produce equipos electrónicos, de perforación de pozos petrolíferos y de caucho. También realiza actividades de comercio, servicios financieros y biotecnología.

Le ayudan sus lazos internacionales en un país asiático donde el idioma oficial es el de la antigua metrópoli británica, lo mismo que el tamil, el malayo y el chino. Enclavado entre Malasia e Indonesia, Singapur es una puerta hacia Asia, donde un occidental se siente cómodo como en una burbuja.

Por algo será que Inditex ha instalado su segunda tienda de Zara en Orchand Road. Esta kilométrica avenida está flanqueada por centros comerciales de cuatro plantas de altura y calles cubiertas de cristal que compiten en grandiosidad. Las jóvenes clientas suben de tres en tres por las escaleras de este comercio gallego, cuyos sofisticados escaparates comparten acera con las grandes casas de la moda de lujo.

Al caminar por Orchand Road, entre cientos de peatones cargados de bolsas, uno se siente atrapado por la fiesta del consumo. Es fácil caer en la tentación de regatear en las innumerables tiendas de
cámaras fotográficas, regentadas por hindúes o chinos, en donde se pueden conseguir reducciones del 40% respecto a los precios europeos. El dólar de Singapur equivale a medio euro.

Los pequeños comerciantes incluso aceptan el precio que el cliente marque. El iluso vuelve a recoger su producto unosdías despuéspero el dependiente le intenta colocar nuevos accesorios. Esto suele irritar a los turistas occidentales, que se sienten burlados. Algunos prefieren a los vendedores árabes porque cumplen su palabra trascerrar el regateo.

El día grande es el sábado por la noche, donde no hay baldosa libre ni en la calle ni en las discotecas de moda. Brillan los tubos de neón y los anuncios de los taxis amarillos. Los restaurantes de sushi japoneses están repletosde alegres comensales que pican con los palillos los rollitos de pescado crudo que circulan por una cinta transportadora.

Igual de atestados están los McDonald’s o los cafés Starkburcks.
Uno tiene la sensación de que el capitalismo y el comercio han roto fronteras y unido a una población compuesta de chinos, malayos, hindúes, indonesios y occidentales.

El comercio ha sido mantenido por las prósperas familias chinas que se establecieron a principios de siglo al amparo del Imperio de su majestad británica. Unos edificaron templos budistas y otros iglesias adventistas. Es la excepción a la teoría del choque de civilizaciones de Samuel Hunttington, que explica las guerras actuales, desde Bosnia a Irak, por el enfrentamiento entre culturas tan dispares como la musulmana o la cristiana.

Los habitantes de Singapur se sienten especialmente orgullosos de su fiesta nacional. En Melbourne, un joven ejecutivo que volvía a esta ciudad asiática preguntaba con interés: «¿Han estado el día que celebramos la independencia?». La descolonización produjo el milagro económico de esta república que mide 600 kilómetros cuadrados.

Ni rastro de chabolas
Los malayos emigraron como mano de obra y los trabajadores fueron asentados en barrios con viviendas dignas. No se aprecia el chabolismo de otras grandes ciudades. Unos siguen conduciendo
las bicicletas de los turistas mientras otros prosperaron y dirigen emporios desde sus elevados despachos del puerto malayo.

Sólo en Little India y Chinatown se puede apreciar un resquicio de la vieja Asia: vendedoras de pescado seco o viejos jugando a las damas. Uno tiene la sensación de que en este diminuto país hay sitio para todo el que quiera ganar dinero. Las mujeres hindúes, vestidas con sus tradicionales sharis, salen y entran de las joyerías y las boutiques de moda, y los turistas europeos toman un daikiri en el mítico hotel colonial Raffest.

Pero esta república tiene sus reglas: el billete de avión advierte que traficar con drogas está penado con la ejecución inmediata.

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Australia, paraíso prohibido (2004)

Publicado en La Voz de Galicia, suplemento Los Domingos de La Voz, el 10 de octubre del 2004

Por: E.V.Pita

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REPORTAJE | GALLEGOS EN LAS ANTÍPODAS

Australia, paraíso prohibido

Las antípodas hace tiempo que cerraron sus puertas a los inmigrantes. Los empresarios gallegos que hicieron fortuna en el Lucky Country se topan con que el Gobierno les impide contratar a sus paisanos. Temen que las elecciones de ayer no vayan a cambiar las duras leyes.

E. VÁZQUEZ PITA | TEXTO

Un empresario gallego del granito, afincado en Melbourne, quiso contratar hace unos meses a un especialista portugués. Las restricciones de inmigración son tales que el obrero no pudo obtener un permiso legal de trabajo. El constructor optó por la picaresca y ordenó al expertoque entrase en Australia con un visado de turista. Los tres meses de validez serían suficientes para terminar el tajo.

Pero, como en el película La Terminal, de Steven Spielberg, el peón disfrutó de sus vacaciones sin salir del aeropuerto. Los aduaneros pasaron por rayos X su maleta y descubrieron una herramienta entre la ropa. Al abrir el equipaje, los policías hallaron la evidencia final: un mono azul de faena. Al luso lo subieron en el siguiente avión de vuelta a casa.

Australia fue tierra de fortuna antaño y abrió las puertas a 800.000 emigrantes no británicos entre los años 60 y 80. Justo Bouzo fue uno ellos. Este delineante nació hace 44 años en la aldea de Presqueira, en Baños de Molgas (Ourense). Llegó a Sydney en 1982 y ahora dirige una empresa de reformas y proyectos nuevos de construcción. Su firma Euroset está en expansión en varios estados australianos e incluso ha abierto mercado en Nueva Zelanda.

Sus compatriotas ya no tienen esa oportunidad. Así lo demostró el incidente internacional del buque Tampa, cargado de refugiados  políticos, y al que Camberra prohibió recalar en su costa. El país austral sólo permite entrar a un cupo anual de 80.000 inmigrantes altamente cualificados.

Las restricciones afectan a todos. La empresa de Bouzo importa yeso proyectado y el gallego arregló los papeles para contratar a un paisano suyo. «El problema es que no hay gente especializada para aplicarlo. Quisimos traer jóvenes gallegos pero no conseguimos a nadie», recuerda. El Gobierno expulsó a su candidato porque carecía de la suficiente formación para enseñar su oficio a sus compañerosaustralianos. «En este país también hay paro», admite resignado Bouzo. Éste duda que un cambio de Gobierno, tras las elecciones celebradas ayer, abra las puertas a la inmigración. «Incluso con los laboristas, seguiría igual», dice.

Los últimos emigrantes gallegos que se han aventurado a trabajar en Australia han tenido suerte dispar. Una licenciada en Historia de Vigo y su marido lograron el permiso de residencia en apenas unos meses porque el Gobierno apreció sus conocimientos en Arqueología.

«Aquí te valoran por tu currículum y te dan más oportunidades de demostrar si eres bueno. Es posible conseguir más cosas que en Galicia. En Australia no funciona el enchufe ni el amiguismo. Una empresa examina tu presupuesto, lo que has hecho... Llegar a una determinada posición depende de la valía de la persona y eso me gusta», añade Bouzo.

La mayoría de los gallegos han tenido que retornar al caducar su visado de estudio y trabajo legal. Otros utilizan el viejo truco de viajar a Nueva Zelanda y volver a entrar como turista. Es el caso de dos viguesas desempleadas que fueron a estudiar inglés a Brisbane. Por sus calles circulan autobuses con la publicidad del aceite español Carbonell. Los papeles permitían a las dos gallegas trabajar como limpiadora s en un rascacielos 20 horas semanales y estudiar 25 más. Su salario ascendía a casi mil euros.

La tentación para venir a Australia es muy grande. El sueldo medio de un profesional de la construcción es de 200 dólares australianos (120 euros) al día. Otro aliciente es el clima benigno de Brisbane, soleado hasta en invierno.

Barbacoa
«Trabajamos cuatro horas diarias y vivimos como en Galicia, salvo que el piso es compartido», afirma una viguesa, mientras prepara una suculenta barbacoa (BBQ) en una playa fluvial con unos compañeros españoles de la academia. Uno de ellos es un ejecutivo madrileño que abandonó su despacho con vistas a la Castellana para aprender inglés. También está una diseñadora catalana que aspira a ingresar en la Universidad. Las dos gallegas dejaron la semana pasada su apartamento en un rascacielos de 40 plantas, dotado de moqueta, llave magnética, secadora, así como yacuzzi, gimnasio, piscina y sauna comunitarios. Al caducar su visado han tenido que retornar a España. «Si no te vas, los agentes de inmigración se presentan en tu casa y te acompañan al avión. No te puedes esconder porque estás muy controlado», relatan estas estudiantes.

UNA ARQUITECTA CORUÑESA EN BONDI BEACH. Vanessa D.C. es una arquitecta coruñesa, afincada en Barcelona, que a sus 28 años hizo un parón en su carrera para cumplir su sueño: trabajar en un despacho de diseño de rascacielos en Sydney. La aventurera aterrizó en agosto en Australia pero se topó de bruces con el departamento de Inmigración.

El Gobierno impone numerosas trabas a los empresarios para contratar extranjeros. Pasaban las semanas sin noticias de su empleo y Vanessa decidió tomárselo con filosofía. Así que se enfundó el traje de neopreno, agarró la tabla y se trasladó a vivir a Bondi Beach, la playa preferida de los surferos. «Let's go surffing!», dice.

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El milagro del modelo danés (2005)

La anécdota: Pasados seis años de la publicación de este reportaje cada vez es más evidente que, al escribirlo, pasé por alto la producción de molinillos de viento, algunos en el mar. Los molinos formaban parte del paisaje de Fiona y, creo recordar, haber visto alguno cuando el tren cruzó el puente que une las dos islas. En su momento, solo atisbé muy de pasada la importancia de esta nueva energía eólica para el desarrollo de Dinamarca, hoy una potencia en el sector.
En el reportaje, debí haber mencionado a las grandes compañías como Lego, etc...


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Reportaje publicado en la página 28 de la sección de Economía de La Voz de Galicia el 27 de marzo del 2005.

La Voz de Galicia

Reportaje | Los secretos de la agroindustria escandinava salen a la luz

El milagro del modelo danés


Dinamarca inventó las cooperativas y Castelao lo propuso como modelo para Galicia.

El pan negro o de centeno fue despreciado en Galicia por ser de pobres. En Dinamarca, aún desayunan con él. Una visita al museo folk de Odense, en la isla de Fionia, [y un paseo por sus campos, repletos de gigantescos molinillos de viento], basta para comprender la potencia agroindustrial del diminuto país nórdico.

La clave es un viejo molino de viento de 20 metros de altura construido a mediados del siglo XIX. Al entraren la instalación, sorprende la compleja maquinaria de engranajes, que ocupan tres pisos. Un mecanismo de relojería capaz de triturar toneladas de grano en harina en pocos minutos.

Al éxito de la alta tecnología se unió el fomento de las cooperativas
y de la educación. El diputado Daniel Castelao defendía ya en la década de 1930 que los agricultores gallegos imitasen el modelo danés, compuesto por propietarios minifundistas unidos en cooperativas.

El político elogiaba las 18 granjas experimentales de plantas que operaban ya en el país nórdico. Actualmente, las cooperativas escandinavas exportan cereal, leche y carne para alimentar a 15 millones de personas, el triple de su población.

Grandes complejos agroindustriales como Danish Crown o Tulip compiten por un hueco en los mercados emergentes de China.
La agricultura danesa es un negocio que factura 59.000 millones de coronas (8.500 millones de euros) en exportaciones. El 62% de su suelo está cultivado. Los mercados más exigentes, como Japón o
el Reino Unido, compran la mayor parte de su producción de carne.

Un portavoz del Sindicato Labrego, Xosé Ramón Cendán, cree que el modelo de Dinamarca está agotado. «Gastan moito en fertilizantes e sulfatos. Iso eleva os seus costos. Nova Zelanda é máis barato e Irlanda faino mellor».

La réplica la aporta Inge Merete, una ganadera de una de las 1.300 granjas porcinas de Dinamarca. El mayor exportador de carne de cerdo del mundo está sometido a bruscos ciclos. La empresaria trabaja en Allested, en la zona rural de Odense, cubierta por la nieve. Ella y su marido se hicieron cargo de la factoría Ravnelund, deficitaria en 1996. Hoy exportan 17.000 piezas porcinas al año. Toda su producción va destinada al mercado inglés, que impone altas exigencias sanitarias.

Inge Merete muestra su cadena de producción. Para ello, los visitantes deben situarse en un compartimento estanco, calzarse botas especiales y vestir un mono de faena. No preocupa tanto el olor como la higiene, como si fuese un laboratorio de la Nasa.

Rock en el establo
La propietaria de la granja enseña una estancia donde alimentan a cientos de cochinillos mayores de un mes. Las crías reciben el pienso cultivado por la propia granja en unos compartimentos metálicos y asépticos. «El pienso lo fabricamos nosotros mismos para ahorrar costes», indica la dueña. La factoría está altamente tecnificada. En una de las estancias se hallan las cerdas parturientas.

En el establo suena música rock. «Hemos descubierto que a los animales les relaja», afirma Inge Merete. Las 600 cerdas de la granja quedan preñadas dos veces al año y paren 24 cochinos. La granjera
calcula en el suelo, con una tiza, la producción anual.

En otro establo, los cerdas preñadas son cebadas por una máquina que les suministra alimento de forma automática e individualizada. Los animales gruñen por su ración. El granjero usa un sensor para
calcular si cada pieza tiene sobrepeso. Al cabo de un año, cuando pesan 100 kilos, son sacrificadas y la carne exportada. «Cada animal lo vendemos por 800 coronas. Nos cuesta 700 y ganamos cien», explica la ganadera.

La lenta emigración del campo a la ciudad

El país nórdico tenía 140.000 granjas en 1970. Ahora no pasan de las
50.000 que emplean a 61.000 personas. Suzette Ascott, una vecina de Odense, relata cómo la gente joven abandona las pequeñas granjas de la isla de Fionia para ir a trabajar a la ciudad por un salario fijo.

El proceso de concentración es visible en Ravnholt, cerca de Faaborg. El terreno es tan llano y arenoso que a la única colina de la isla la denominan Alps, como la cordillera suiza. Allí aún se pueden ver granjas familiares de vacas, las Hejmedprodukt, que no superan las 20 hectáreas. Otras tantas han sido abandonadas.

Estos negocios disponen de compartimentos estancos para almacenar el heno que dan de comer a la cabaña ganadera. La mayor granja de Fionia está ubicada en el castillo de Crown. Los cultivos de este holding de Ravnholt abarcan 3.000 hectáreas e incluyen cereal y abetos plantados para exportar en Navidad. Todo está mecanizado.


Johannes Ostergaard es mánager del Landbrugsraadet (Consejo Agrícola Danés), una entidad privada que coordina la producción de las cooperativas agroindustriales danesas.

Las exportaciones van dirigidas a 130 mercados internacionales.
¿Cuales son los secretos del milagro danés? Ostergaard los resumen en tres puntos. «La primera es que los jóvenes reciben una buena formación educativa de cinco años para ser agricultor. En ese período también hacen prácticas», indica.

La segunda clave es la unión de los agricultores en cooperativas. Éstas programan la producción y vigilan que nadie supere la cantidad de fertilizante asignado a cada suelo para cumplir las normas ambientales.

La tercera clave es la inversión en tecnología para reducir los costes. Competidores como Brasil o Nueva Zelanda son más baratos, pero los daneses acceden a mercados como el japonés que pagan más a cambio de calidad y garantía sanitaria. «El agricultor no mete el dinero en el banco porque el interés está bajo. Lo invierte en maquinaria», dice.

Torben Kudsk dirige la oficina de relaciones con la UE del Landbrugsraadet. Conoce la situación de las cooperativas gallegas tras ser invitado a visitar varias en Santiago de Compostela. «Me impresionó porque estaban muy bien organizada y sus propietarios son muy eficientes», explica Kudsk.

Los daneses se muestran muy interesados en cooperar con los granjeros gallegos en la producción de biogás. «Descubrimos grandes posibilidades», dice.

La recomendación que hace Kudsk a las cooperativas gallegas es que «no tengan miedo a crecer y crecer». Según este directivo del Consejo de Agricultura Danés, las cooperativas gallegas deben adaptarse a las peticiones de los supermercados y de sus cambios, pues cada vez son compañías mayores. «Es muy importante para los granjeros cooperar juntos, aumentar su tamaño y obtener el mejor precio», dice.

El ejemplo es Danish Crown, gigante de la alimentación que llega a los mayores mercados del mundo. «Pero para ello hay que desarrollarse y unirse hasta convertirse en una transnacional», aconseja.
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India, ¿nuevo gigante económico? (2006)


(La Voz de Galicia, E.V.Pita, 5 noviembre 2006)
Publicado en

http://www.lavozdegalicia.es/hemeroteca/2004/09/18/3035444.shtml

el 5 de noviembre del 2006, sección Economía

Crónica | Examen al futuro tigre asiático

India, ¿nuevo gigante económico?

La patria de Gandhi crece a un ritmo del 8% anual y los expertos vaticinan que será una superpotencia en pocas décadas. Pero la mayoría del país vive en la miseria.

E. Vázquez Pita
(Nueva Delhi)

Una turista entra un poco asustada en la lúgubre consulta de una astróloga del pueblo de Malawa, en las afueras de Nueva Delhi. La cliente se sorprende al oír la inconfundible musiquilla que abre el sistema operativo Windows.

La vidente examina la pantalla y teclea la fecha, hora y lugar de nacimiento de la mujer que desea conocer su futuro. Un sofisticado programa matemático calcula las posiciones de los planetas y
elabora en unos minutos la carta astral completa, que sale por la impresora.

Éste podría ser un símbolo de los grandes cambios económicos que acontecen en la India, el futuro tigre asiático, cuyo producto interior bruto crece a un ritmo del 8% anual desde hace tres años. Y eso a pesar de su pésimas infraestructuras viales.

Quizás el lugar donde mejor se aprecien estos avances es Bangalore, la ciudad preferida de los hindúes para vivir y la segunda para ganar dinero (después de Bombay). No es extraño. Bangalore es la meca de los más brillantes informáticos de la India, que trabajan
en pulcros campus que poco tienen que envidiar a Silicon Valley.

Por este motivo, las empresas de telefonía de Estados Unidos acuden aquí a subcontratar empleados para atender los servicios 902 al cliente. La gran ventaja es que los teleoperadores hindúes
hablan inglés, tienen una gran formación académica y cobran diez veces menos que un norteamericano.

El salario medio mensual en la India es de 15.000 rupias (270 euros), cantidad con la que «se puede vivir dignamente». Lo normal es cobrar tres veces menos.

La alianza con Estados Unidos parece casi natural. Por todo el país proliferan las academias y colegios privados que ofrecen másteres para preparar el examen de ingreso en las universidades del socio americano. Cada año, salen de las 292 universidades dos millones de licenciados, de los que 150.000 son ingenieros. Una de sus especialidades es el software, que exportan incluso a China. El negocio ya alcanza los 50.000 millones de dólares anuales. Las divisas son el triple.

La bonanza se percibe desde el 2003. El país tiene 1.100 millones de habitantes y, según las estimaciones, existen 98 millones de personas que ingresan entre 200.000 y un millón de rupias anuales (de 4.000 a 20.000 euros). Es decir, la clase media es superior a toda la población de Alemania. Otros ya hablan de 40 millones de personas que mejoran cada año su nivel de vida, tantos como españoles. Y el club de millonarios equivale a Suiza o Portugal.

Este poder adquisitivo hace que el mercado hindú sea suculento para las firmas de consumo, si se tiene en cuenta que cuatro de cada diez habitantes del planeta viven en China e India.

Anuncios
Las televisiones por cable muestran anuncios de champús, golosinas de chocolate o los últimos éxitos de rock y discotecas. Incluso las teleseries muestran una imagen de clase media, con familias adorablesque visten a la moda y residen en chalés adosados con una cuidada decoración más propia de un edulcorado filme de Bollywood. Si un visitante no saliese del hotel e hiciese zapping en el centenar de canales por satélite, pensaría que la patria de Gandhi es el colmo del glamur.

Sólo a veces se deslizan algunas imágenes salidas del guión como una concursante de la tele que hacía equilibrios con varias jarras sobre su cabeza mientras caminaba sobre cristales con sus pies desnudos. ¿Una aprendiz de faquir?

En la capital, Nueva Delhi, los modernos rascacielos acristalados crecen a las afueras como setas. La autopista sigue en obras de ampliación, y la primera línea de metro ya está operativa. Marcas como Adidas o Rolex copan los escaparates de las tiendas exclusivas de la plaza Cognaught. En el suburbio de Gurgaon crecen las fábricas de electrónica y automóviles.

Y en las avenidas de Jaipur, las mujeres circulan en potentes motos de marca japonesa sin mancharse su colorido sari.

Habría que desplazarse al rural para percibir el grado de penetración de Internet. En un remoto pueblo de Malawa, un pequeño colmado anuncia en la pared: Cibercafé. En la mesa, dos viejos monitores listos para navegar o hablar vía telefónica por el Skipe.

Los expertos vaticinan que India será el tercer gigante económico, tras China y Estados Unidos, pero ¿qué pasa con los otros mil millones de habitantes restantes que no usan la tarjeta de crédito?

El 65% de los hindúes vive de la agricultura, la mayoría tiene menos de 24 años, cuatro de cada diez no sabe leer y ganan entre 750 y 2.500 dólares al año.

No hay más que darse un paseo por las chabolas de lonas de plástico que proliferana escasos metros de los nuevos rascacielos de
Nueva Delhi. A su lado, en los vertederos, juegan los niños y pacen los puercos salvajes.

India logró fabricar la bomba atómica en 1997 pero, paradójicamente,
los apagones de luz son el símbolo de las dificultades estructurales del país. Se necesitaría una fuerte inversión para convencer al empresario extranjero quese ha quedado atrapado en el ascensor del hotel de Delhi por un apagón.

La red de ferrocarril es la más extensa del mundo pero no ha sido renovada. Los cambios de vía aún se hacen por el sistema manual. Las estaciones, como la Central de Agra, disponen de modernos marcadores digitales pero los niños abandonados cruzan las vías, y los perros callejeros se pelean en los andenes. La cruda realidad desluce la postal de los parques del Taj Mahal.

Quizás el talón de Aquiles sean las pésimas comunicaciones por carretera. Para cubrir 100 kilómetros se necesitan dos o tres horas, tantas como para salir de un atasco en Nueva Delhi, siempre que no cruce una vaca la mediana.

Otro obstáculo a la libre movilidad son las pésimas vías comarcales que unen grandes capitales del interior. Sólo tienen dos carriles pero cobran un peaje de 120 rupias (2 euros).
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Google sale del garaje y lidera la nueva economía en Silicon Valley (2011)

La «cibercity», que genera el 6 % del PIB de California, vive su mayor bum

Publicado en la sección de Economía de La Voz de Galicia
Autor:  E. VÁZQUEZ PITA
Localidad: MOUNTAIN VIEW / LA VOZ
Fecha de publicación:  11/9/2011
La UE ha puesto sus ojos en Silicon Valley -el parque tecnológico cuna del chip, Google y el iPad, en el sur de la bahía de San Francisco- que sobrevivió a la crisis de las punto.com del 2000 y vive un bum. Las casas allí valen casi un millón de dólares. El recorrido por este gigantesco polígono muestra cientos de empresas emprendedoras de la nueva economía de la información (26 ya están en la lista Fortune). La comisaria de la Agencia Digital Europea, Neelie Kroes, visitó la cibercity para exportar los secretos de la cultura del garaje a Europa. Justo en una época con despidos en la cúpula de Yahoo y cuando Facebook proyecta un megacampus para 10.000 empleados.

Ajetreado día en la calle Market Street de San Francisco. Una profesora de inglés sorbe café de su biberón-cantimplora y teclea «Santiago de Compostela». El proyector muestra una vista área de la capital gallega en el encerado electrónico del aula gracias a Google Maps. Un ingeniero coreano recién graduado la reconoce: «Yo he peregrinado allí y a Fisterra». Estos milagros son posibles gracias a las tecnologías que nacen en Silicon Valley. Esta tecnópolis, que da trabajo a casi 400.000 ingenieros, se extiende a lo largo del Camino Real, la ruta de los misioneros españoles del siglo XVIII. Hoy, en los márgenes de la Interestatal 101, que une San José con el puente del Golden Gate, se asientan gigantes de la era digital como Google, Twitter, Oracle, Apple, Adobe, eBay, HP, Yahoo!, Intel o la NASA.

¿Cuál es la clave del éxito del motor de la industria de la tecnología de la información? La pista nos lleva a Palo Alto. Desde la estación del Caltrain, un shuttle (bus gratuito) traslada a los visitantes a la Universidad de Stanford, rodeada de bosques, campos deportivos y aulas e iglesias de estilo colonial español. En un tablón de anuncios, un profesor recluta voluntarios para un experimento de reconocimiento de rostros. Este campus de élite cobra hasta 12.000 dólares por un curso veraniego. Estudiantes de doctorado que recalaron allí, como Sergey Brin y Larry Page, fundaron el buscador Google en un garaje tras necesitar toda la potencia de los ordenadores del campus.

Hoy, ambos son millonarios y su sede ocupa el complejo de edificios llamado Googleplex, que atrae como un imán a los turistas. Los visitantes se apean en Mountain View o Palo Alto y buscan un bus urbano que los acerque al campus tecnológico. Llueven peticiones para hacer tours por la empresa, pero Rachel, una portavoz, lamenta que «es imposible atenderlos».

Desde la Interestatal 101, es fácil divisar la sede de Oracle o la NASA. El campus de Google está señalizado con unas gigantes flechas rojas, un guiño al localizador del Google Maps. Los turistas miran a hurtadillas por las ventanas para comprobar si son ciertas las leyendas sobre su cultura informal del trabajo, con ejecutivos en sudadera, mesas de billar, comida y gimnasio gratis. Sí, es cierto que los empleados se mueven en bicicletas. Los edificios están decorados con coloridas sombrillas, estaturas gigantes de pasteles, galletas o el Android, pianos de cola en la entrada principal o una réplica a gran escala del extraterrestre Alien. Este valle genera el 6 % del PIB de California, 77.000 millones de euros.

Al regresar a la carretera, el conductor echa un vistazo a su GPS y observa el denso tráfico de coches, la mayoría de marcas japonesas, lo que explica la decadencia de Detroit. Si alguien duda del éxito de las tecnologías de la información puede asomarse a la tienda de Apple en la comercial tercera avenida de Santa Mónica Beach, en Los Ángeles. Dentro, cientos de clientes examinan las últimas novedades del iPad. Al lado, hay una tienda de Zara, cuyo fundador Amancio Ortega es citado en un libro de gramática inglesa como ejemplo de emprendedor.

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California y sus contradicciones (2011)

Pese a un PIB de un billón de euros, bordea la quiebra


Publicado en La Voz de Galicia, sección Economía el 4 de septiembre del 2011

(Aclaración posterior a la publicación del artículo: en un foro en inglés, un ciudadano dice exactamente que "si fuésemos un país, las agencias nos calificarían con la nota A--". Y es cierto, si California fuese un pais, pero no lo es. Como bien dice el alcalde de Los Angeles en una entrevista a El Pais publicada el mismo día, California no puede quebrar técnicamente porque es un estado dependiente de la reserva federal)

Autor: E.V.Pita
Redacción / La Voz

Playas de aguas frías, veranos nubosos, extensas cosechas de vino y una larga polémica por la tardanza en construir una línea de tren de alta velocidad. ¿Galicia? No. Hablamos de California, el Estado más rico y poblado de Estados Unidos. Si fuese un país, la costa de Los Ángeles a San Francisco figuraría entre la octava y décima potencia económica mundial, por encima de España. Acoge a dos universidades de élite, Stanford y Berkeley, empresas de tecnología punta como Google y Facebook en Silicon Valley, extensos latifundios vinitícolas y bodegas en Napa Valley, así como la poderosa industria cinematográfica de Hollywood. «Quiero quedarme aquí porque es donde está lo último en alta tecnología», comenta un universitario taiwanés mientras bebe un café de caramelo de la cadena Starbucks. Como él, miles de asiáticos han desembarcado en el Estado Dorado para hacer su sueño realidad, como antaño atrajo a misioneros españoles y luego buscadores de oro.

Sin embargo, California acumula numerosas contradicciones. Las hay a miles. Factura 1,5 billones de dólares (un billón de euros), un PIB parecido al de Italia, pero el Gobierno está al borde de la bancarrota. «Nos van a poner la clasificación A--», advierte un ciudadano en un foro on-line.
En Santa Bárbara, un enclave turístico con pelícanos y dunas protegidas, los bañistas toman el sol rodeados del chapapote que, supuestamente, vierten la flota pesquera y cuatro plataformas petrolíferas ancladas en el horizonte.

En San Francisco, miles de sintecho, algunos con graves enfermedades mentales o de drogadicción y alcoholismo, vagan con sus carritos de la compra por Market Street, la arteria más céntrica de San Francisco, a escasos metros de las sedes de Wells and Fargo o Bank of America, este último fundado por un emprendedor de la fiebre del oro. «Estás muerto», le dice un vagabundo barbudo a un asustado turista que espera a la puerta del hotel.

Pero la mayor contradicción es el tren. Aunque parezca increíble, la ciudad de Los Angeles, con 17 millones de habitantes en el área metropolitana, y San Francisco, con 7, no están conectadas directamente con un servicio ferroviario. La franja de Sacramento a San Diego, entre 900 y 1.000 kilómetros, suman 34 millones de habitantes, doce veces Galicia. Por carretera son cinco horas de viaje, siempre que se evite la mítica Big One que recorre la tortuosa costa. El servicio ferroviario de Amtrak cubre la mayoría de los tramos con trenes de doble piso pero, a veces, los pasajeros tienen que apearse en estaciones intermedias, como Santa Barbara, y continuar en autocar, a lo que se suman retrasos de casi una hora. Numerosos turistas que regresan en coche del parque Yosemite se ven atrapados en un cruce de Escalón durante 20 minutos por los que circulan kilométricos trenes de mercancía, con hasta 200 vagones. Y los diarios de San Francisco dedican páginas enteras al servicio de metro ligero Bart, al que tildan de obsoleto.

Otras veces, hay pocas frecuencias de trenes, como el Caltrain, un tren de cercanías de San Francisco a San José, que pasa por Palo Alto, Stanford y Mountain View (Silicom Valley) cada hora. Numerosos profesores y expertos informáticos que pierden por un minuto el tren, hacen tiempo en la estación de Palo Alto navegando con sus iPad a la espera del próximo. Las obras del nuevo Hight Speed Rail, bautizado por la prensa como el Bullet Train (tren bala), empezarán en el 2013 y será el primero en construirse en Estados Unidos para circular a más de 250 kilómetros por hora, pero los ciudadanos se oponen por su alto coste, cuyo presupuesto se ha disparado a 63.000 millones de dólares.
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Las Vegas: la capital del juego... y de la  tecnología (2012)

La ciudad más famosa del mundo por sus casinos se ha convertido en un referente de la electrónica de consumo

E. VÁZQUEZ PITA

Publicado el 13 de enero del 2012

La Voz de Galicia / Suplemento: Fugas

El viajero mira aburrido por la ventanilla del avión y solo ve montañas y desierto. Hasta que distingue campos de golf, piscinas y urbanizaciones en medio de la nada. Las sorpresas siguen mientras el bus del aeropuerto atraviesa Las Vegas Boulevard y se cruza con la pirámide y la esfinge de Luxor, el castillo de Disneylandia, la torre Eiffel,la estatua de la Libertad, el puente Rialto de Venecia o un templo de la Roma clásica. No hace falta tener la placa de policía forense del CSI para deducir dónde estamos. En Las Vegas, la ciudad de Nevada que nunca duerme, abrió sus puertas esta semana la Feria Internacional de Electrónica de Consumo (CES), la gran cita anual del sector.

¿Dónde alojarse?
Gran parte del negocio de Las Vegas son los lujosos hoteles levantados sobre los casinos. Por 100 dólares se puede contratar una habitación en pleno Boulevard. La mayoría de estas inmensas moles temáticas disponen de bufé abierto las 24 horas, restaurantes temáticos, tiendas de lujo, música,piscina y espectáculos. El cliente paga con una tarjeta asociada a su número de habitación. Los más impresionantes son los de la MGM, que tienen un león enjaulado en el vestíbulo, y el excesivo Caesar Palace, una lujosa réplica de la Antigua Roma en la que Julio César se sentiría como un pordiosero.

¿A qué jugar?
Todos los hoteles-casino tienen en los vestíbulos varias zonas de juego. Primera advertencia: dicen que el sonido, la música y las luces hipnotizan al jugador. Los turistas en pantalones cortos ocupan cientos de máquinas tragaperras.
En los comecocos de un céntimo, es posible apostar hasta 20 veces con un solo dólar. Una forma de que duela menos el bolsillo. Pagas por la emoción. Para presupuestos mayores siempre hay hueco en las ruletas, donde las pandillas de jóvenes celebran que la bola cae en negro. Una alegría que enjuga pérdidas. Las crupieres más veteranas echan las cartas y mueven billetes de los grandes mientras voluptuosas camareras en patines sirven un aperitivo.

Y en salas con decenas de televisores, los apostadores deportivos siguen los resultados en cómodas butacas. A la noche, viejas glorias de la canción animan las mesas. La vida en los casinos se apaga a partir de las dos de la madrugada, pero al amanecer ya hay clientes en las sillas. El aparcamiento es gratuito.

¿Dónde comprar?
Los hoteles Caesar Palace y Metropolitan albergan centros comerciales con marcas de superlujo como Louis Vuitton, Gucci, Tiffany’s o Prada. Hay otros locales especializados en cupcakes (magdalenas decoradas) o en souvenirs, donde es obligada la camiseta oficial de la serie televisa CSI. La moda de H&M ocupa grandes locales.

¿Qué espectáculos ver?
El MGM promocionó durante meses el espectáculo El rey león, con varias sesiones al día, y otro casino con el Circo del Sol.
Tampoco falta la ópera o el cine para niños. Los forenses del CSI también tienen su museo temático.

¿Dónde comer?
Para los amantes de la música, el Hard Rock. Por 20 dólares se puede comer una hamburguesa California con patatas y bebida rodeado de leyendas americanas. Los casinos ofrecen comida internacional y ofertas de bufé todo el día. Hay que dejar propina del 10 %. El local de Harley Davidson tiene una moto en el tejado.

¿Cómo moverse?
¡En limusina! Hay un tren monorraíl elevado que transporta gratis a los turistas de casino en casino por el Boulevard. Para los más vagos, existen escaleras mecánicas que cruzan las avenidas más céntricas.
La red de buses es extensa y une los hoteles con el aeropuerto.

¿Cómo casarse?
Los hoteles-casino cuentan con una sala llamada wedding-hall donde se celebran bodas (no son legales en España). Muchos van a Las Vegas a celebrar despedidas
de solteros.

VISITAS
LAS VEGAS BOULEVARD. Es la avenida principal, la más bulliciosa, la de los principales casinos y hoteles. Los más famosos son el Caesar Palace, el Luxor, el París de Verne, el Cosmopolitan,el Venecia, el Flamingo, el Copacabana, el MGM o el New York.

DOWNTOWN: El centro de oficinas de la ciudad, alejado del bulevar. Es fácil orientarse por la torre de comunicaciones que sobresale en el horizonte. Hay casinos.

GRAND CANNYON. En Las Vegas se pueden contratar excursiones en helicóptero para sobrevolar el Gran Cañón del Colorado.

UN PARQUE TEMÁTICO EN EL DESIERTO.
Foto 1. El mítico cartel que da la bienvenida a la fabulosa Las Vegas.
2. La torre Eiffel de un casino destaca en Las Vegas Boulevard (E.V.P.).
3.Una réplica de la torre de San Marcos de Venecia.
4. Miles de turistas hacen compras y callejean por el bulevar. (E.V.P.)

5. Tragaperras
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  Los mostradores desiertos (2013)


Subtítulo: Los supermercados británicos se pasan el autopago y eliminan cajeros

Autor: E.V.Pita

Publicado un extracto en La Voz de Galicia el 5 de agosto del 2013

Nota: Esta es la versión ampliada del reportaje.


Decía Napoleón que Inglaterra era un país de tenderos y la  primera ministra británica, Margareth Thatcher, estaba orgullosa de ser hija de un tendero. Pero esa imagen del pequeño colmado de Gran Bretaña atendido por un atento dependiente desaparece a pasos agigantados e incluso podría estar cambiando los hábitos de compra del consumidor europeo.
Grandes supermercados ingleses como Tesco y Sainsbury's han robotizado y automatizado hasta lo increíble sus tiendas de alimentación, la mayoría abiertas hasta medianoche, y han extendido al máximo el pago con tarjeta. Sainsbury's, tercera cadena del país con mil tiendas,  fue pionero en el autoservicio en los años 50 del siglo XX y ahora ha dado una vuelta de tuerca al eliminar la figura del cajero, imprescindible en nuestros supermercados. En los establecimientos de Sainsbury's el cliente, tras seleccionar su compra en las estanterías, tiene que dirigirse a una máquina, escanear el código de barras de sus productos en un lector láser, meterlos en la tradicional bolsa naranja de esta marca británica, imprimir su propia factura y pagar en metálico o con tarjeta en las ranuras habilitadas en esta caja automática.
A veces el sistema se estanca porque un cliente torpe o novato no entiende las instrucciones de la máquina o se lía al generar la factura con el programa informático. Pero todo está previsto y un vigilante acude de inmediato para cancelar la compra y hacer él mismo la cuenta para sacarse de en medio al cliente que interrumpe el ágil ritmo de esta especie de cadena de montaje.
Por ejemplo, en el local de Sainsbury's de la atestada estación Victoria de Londres suele haber colas de hasta veinte clientes esperando a pagar y un solo cajero. Tienen prisa porque hacen compras para su inminente viaje. La empresa ha pensado en todo y ha contratado a un encargado para repartir a los compradores a lo largo de una docena de máquinas de pago automático, dando prioridad a los que tienen pocos artículos, para aligerar los pagos y conseguir que en un minuto salgan todos con la factura. Donde habría hecho falta una docena de cajeros y varios minutos de espera para ser atendido, sólo fue necesario un instante para despachar a una multitud de compradores.


Estos sistemas de pago automático se han expandido por toda Inglaterra. Incluso en Oxford, capital del humanismo, los clientes de Sainsbury's deben escanear los códigos de barras de los productos que han tomado de las estanterías y hacer su propia factura en una decena de máquinas instaladas en el centro comercial. Nunca están libres.
La filosofía de Sainsbury's es ahorrar tiempo al cliente pero  ni siquiera el escaneo y pago automático han eliminado las colas. Por ello, en todos los locales hay una cinta separadora para que los clientes aguarden su turno en una ordenada fila sin que se agolpen. 
La automatización ha eliminado prácticamente la figura del cajero. Los únicos empleados de cada tienda son un cajero para atender a quienes hagan compras en la entrada, generalmente tabaco, sandwichs y bebidas, un vigilante para comprobar que nadie haga trampa en las máquinas y otro para ayudar a los torpes y aligerar las colas, además de los reponedores. Así un supermercado de tamaño medio que requeriría unos 20 empleados sólo necesita tres o cuatro.
Sainsbury puede alegar que el empleo lo crea a través de la apertura de nuevas tiendas, pues ha pasado de 800 a 1.000 en los últimos años. Aunque esta cadena es líder en el autoservicio, el resto de las marcas no se quedan atrás. Un ejemplo es el líder Tesco o nuevas compañías como Everything 1£ o  99 peniques, que también han instalado el pago automático pero tienen mayor número de cajeros humanos para atender a los clientes.
En el gigantesco centro comercial de Westfield Stratford, en Londres, con 250 tiendas y 75 restaurantes, estas cadenas de autoservicio y pago automático se ubican juntas como clones, señal de que la fórmula Sainsbury's ha arrasado en el país.
El fenómeno aún está lejos de implantarse en España. Aunque grandes cadenas como Ikea y Alcampo han instalado en sus locales de España las máquinas para que sus clientes escanean y paguen, aún es un hecho anecdótico. Nada que ver con el fenómeno que ha triunfado en Inglaterra y que supone un paso más en lo que el sociólogo George Ritzer bautizó como la McDonalización y burocratización de la sociedad. Se trata de convertir la compra en una especie de cadena de montaje y la tienda en una fábrica en la que el cliente coge sus productos, paga y consume, sin apenas intervención de empleados. Todo en aras de la eficiencia y el ahorro del tiempo pero la verdad es que todo el trabajo se transfiere al cliente sin que este vea reducido el precio del producto ni se libre de las colas. El comprador se convierte en un productor-consumidor (prosumidor), como auguró el sociólogo Alvin Toffler. Precisamente, la cadena de comida rápida McDonalds en Versalles, en las afueras de París, ha implantado el sistema EasyOrder. Los clientes que lo deseen hacen su pedido y pagan en una máquina en vez de encargarlo al sonriente empleado. Con la factura va al mostrador y recibe su consumición, por lo que se ahorra la cola.
Es probable que una futura proliferación de tiendas automáticas en España supusiese un duro golpe para el empleo de cajero, una figura que genera cientos de miles de puestos de trabajo y supone un salvavidas para muchas economías familiares. Pero la realidad es que en Inglaterra han triunfado estas tiendas y están repletas de clientes con mucha prisa. Quizás el anglosajón sea un estilo de vida muy alejado de la parsimonia del Mediterráneo.

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El cemento tira de Londres (2013)

De: E. Vázquez Pita
Publicado el 25 de agosto del 2013 en La Voz de Galicia, sección Economía
Ver el álbum de fotos:
Título: "El cemento tira de Londres"
Subtítulo: El sector de la construcción en la capital británica construye 115 edificios y tiene otros 110 en cartera

Un anuncio en el metro de Londres muestra a Angela Merkel como un ángel, porque rescató a Irlanda, Grecia, Portugal y España. Al lado, otro cartel la viste como diablesa porque impone la austeridad. La crisis es algo del sur y Londres da envidia al resto de Europa. La City es el refugio seguro para los inversores extranjeros como Catar. El efecto es visible: las grúas crecen como setas a lo largo del río Támesis. En los últimos años, un ejército de albañiles ha levantado 550 edificios, otros 115 están en obras y 110 más en proyecto, entre ellos la Central Eléctrica, que albergará 800 apartamentos, y el tubo helicoidal del Museo del Ejército del Aire.
Es evidente que Londres es el motor económico de Inglaterra pero muchos se preguntan si se trata de un espejismo y la capital del Reino Unido simplemente vive una burbuja inmobiliaria o asistimos a la traca final de las Olimpiadas del 2012.
Londres y sus 8,3 millones de habitantes facturan alrededor de 500.000 millones, el 20 % de la economía del Reino Unido. Pero ¿qué pasa en el resto del país? Cardiff, capital de Gales, Bristol o Liverpool agotaron sus cartuchos tras reconvertir sus muelles industriales en declive en zonas de recreo con museos, tiendas o edificios gubernamentales. La fiesta continúa pero estas urbes rentabilizan su pasado glorioso y las grúas ya se han ido. Un arquitecto holandés lo corrobora: «Hay muchas obras en Londres pero en el resto del país está todo parado».
La prosperidad atrae a inversores y emigrantes del sur de Europa estancado que trabajan de camareros. Otros sueñan con mudarse al centro. Una oficinista coruñesa que lleva 15 años en la capital británica, con piso propio en un barrio modesto, se ha sumado a la fiebre del ladrillo: «Estoy pensando en comprarme un apartamento de segunda mano más céntrico pero me piden 400.000 euros».
No es la única con ganas de invertir. Las grandes corporaciones acaban de abrir el centro comercial de Westfield Stradford, el mayor de Europa con 250 tiendas y 70 restaurantes. Al lado, otra empresa construye un gigantesco bloque de pisos para alojar a 40.000 estudiantes.
La colina del observatorio de Greenwich es un buen sitio para percibir cómo ha cambiado el skyline de Londres desde que en el 2000 comenzó a girar la noria London Eye. Sobresalen rascacielos icónicos como el Pepino de Norman Foster y las torres financieras de Canary Wharf. La cúpula de San Pablo asoma entre gigantes de acero y cristal.
A orillas del Támesis
Un paseo por las orillas del río Támesis equivale a meterse en una zona de obras rodeada de pubs donde los ejecutivos charlan con una pinta o un cóctel a la salida de la oficina. A veces, las fiestas se celebran en el ático, a la vista de todos. El éxito no se oculta en Londres.
En Southwark, entre el puente del Milenio, obra de Foster, y la Torre de Londres, los obreros dan los retoques a otro edificio emblemático apodado el Walkie-Talkie, cuya silueta recuerda a un móvil. En frente, en los Docklands, se extienden barrios nuevos de oficinas, centros comerciales y paseos fluviales. Hace unos años, allí solo había casas en ruinas y fábricas abandonadas. Ahora, la silueta piramidal acristalada de The Shard, el edificio más alto de la Unión Europea, inaugurado este año, atrae a miles de visitantes. Al lado, están las réplicas del galeón del pirata Drake y del teatro The Globe, donde Shakespeare estrenaba sus obras. A su vera nacen nuevos negocios como unos carritos-bar que 8 pasajeros mueven a pedales mientras un camarero les sirve cócteles.
En otras calles más céntricas, como Oxford Street o Victoria Station, las máquinas excavan agujeros enormes y los carteles anuncian edificios de diseño.
Pero quizás lo más impresionante sea Canary Warf, sus muelles están poblados de sofisticadas residencias, oficinas y marinas deportivas para yates.


Parón constructor en el resto del país

El resto de Inglaterra no se acerca ni de lejos al bum constructor de Londres pero viven del comercio y el turismo. Manchester cuenta con un activo aeropuerto internacional, gran vida nocturna, bullicio multicultural pero ni una grúa. Quizás los apariencias engañan, su universidad es puntera. Leeds si vivió una fiebre constructiva que renovó la ciudad con modernos bloques de apartamentos y oficinas .

En Newcastle florecen los nuevos puentes y palacios de congresos, y algunas grúas últiman proyectos retrasados. Lo mismo ocurre en Birmingham, la segunda ciudad del país, que hace una década levantó su gran centro comercial Bull Ring y ahora está construyendo una moderna torre de comunicaciones.

En villas históricas del país como Bath, Durham, York, Salisbury, Stradford-Upon-Avon, los pintorescos pueblos de los Costwolds o incluso Oxford y Cambridge, siguen en boga las restauraciones y las tiendas recogen los frutos. Tras recorrer Inglaterra, es evidente que la construcción tira en Londres porque va de la mano de las finanzas. Los barrios de negocio, como la City de London y la City de Westminster, donde se asientan las sedes de bancos y seguros, suman 190 proyectos de edificios (en la última década) , Southwark 50 y Camdem 64.

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